La duda

Soledad (la duda)

Soledad (la duda)

La duda se extiende a veces como un aceite pegajoso que llega a ahogarte, a dejarte sin respiración, con el aliento alterado por la desazón y el miedo.

Sigues mirando y solo escuchas… ¡cuánto necesito ver!, sentir una mirada que se inyecte en mis pupilas, temblar ante un abrazo que devuelva el calor a mi piel fría.

Pero el tiempo pasa, el tiempo se desvanece, mis ojos envejecen y pierden brillo ante los sonidos, ante los aparatos helados y sin alma y vuelve la duda, me inunda el miedo y el todo o nada cercenan mi voluntad dejando mis impulsos moribundos en un sillón, en un sofá, en una cama enorme de abrazos gélidos y anhelados.

Mi sexo se agita y se desploma a la misma velocidad que la luz me dice que estoy solo, que mis manos no recorren tus pechos, que mi lengua no pasea por el profundo y húmedo sueño de tu deseo.

El tiempo se cierne mientras la duda inunda mis sentidos. No puedo pensar, quizás ya no quiero pensar, ya no quiero.


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