Hablando con un desconocido

Hablando con un desconocido

Hace unos días tuve una conversación telefónica con un compañero de trabajo. No nos conocemos, bueno, para ser exactos, nunca nos hemos visto pero hablo con él por teléfono mucho más que algunos colegas con sus respectivas parejas.

Es curiosa la facilidad que siempre he tenido para provocar que las personas me cuenten cómo se sienten, debo de tener cara de psicoanalista o de cura comunista porque ha sido una tónica en mi vida, las personas tienden a sincerarse conmigo y yo, sin embargo, nunca hablo de mí… ¡craso error!, lo de no hablar de mí, me refiero. La excesiva introspección, el desmesurado miedo a desnudarte delante de otras personas solo consigue que, más temprano que tarde, te sientas solo, absolutamente solo, pero como ya he hablado en más de una ocasión de la soledad tampoco me extenderé.

A lo que iba, hablé con mi compañero Javier, ese es su nombre,  de su salud, que ¿cómo salió la conversación?, pues de la manera más sencilla, le pregunté directamente, pero no sé si será mi manera de preguntar o qué pues que no hizo falta echar monedas ni jalearlo para que me refiriera casi de un tirón  que se sentía solo, había llegado a tal punto que la vida le daba igual, sentía que le importaba tanto levantarse de la cama como no levantarse, comer como no comer, ir a trabajar como no ir, había perdido el más mínimo placer por la vida. Está de psiquiatras  tomando ansiolíticos y antidepresivos y me preguntó que si valían para algo y, la verdad, no supe muy bien qué decirle pero mi misión en esos momentos era animarle, hacerle creer, conseguir que sintiera que ir al psiquiatra y medicarse era parte de la lucha para salir del hoyo… ¡si supiera cuántas veces me decían eso y yo no hacía ni puto caso! Le dije que las pastillas solo ayudan un poco pero que lo importante era la actitud, que el centro de la solución redundaba en el dominio de los pensamientos, en aparcar el lado “oscuro de la fuerza” y dejar que las partes positivas del día, por muy miserables que parecieran, ocuparan nuestro cerebro con el único fin de llenarlo de mensajes positivos que contrarrestaran, de alguna forma, todo lo negativo del día.

Me decía que lo intentaba pero que no lo conseguía y ahí fue donde con una voz apagada, triste, ¡muy triste! me contó cómo se estaba separando de su mujer y que en unos pocos días se quedaba sin la custodia de sus hijos, y me dijo: “eso, eso no sé cómo lo voy a soportar”…, hubo un momento de silencio y lo único que se me ocurrió decirle fue: “lo soportarás y lo harás por tus hijos, porque siempre te van a necesitar y tienes que estar ahí, aunque algo más lejos, cuando te necesiten”…, no sé, estaba diciendo cosas que solo imaginaba decir a alguien con quien hubiese compartido amistad y, por supuesto, alguien a quien hubiese visto la cara más de una vez. Yo tenía un nudo en la garganta y creo que él otro aún más doloroso, pero sin comerlo ni beberlo había estado escuchando el corazón dolorido, yo diría que destrozado, de una persona a quien no he visto en toda mi vida.

Me dijo que otro día seguiríamos hablando y tengo la sensación que así será, me dio las gracias y sentí que le salieron de muy dentro. Qué sencillo fue ponerme en su lugar, qué fácil podía apreciar cómo se sentía, qué tristeza, qué soledad pero a la vez, qué sensación de haber servido de algo a una persona con quien solo cruzaba palabras sobre horas de carga, pedidos retenidos y problemas con las navieras.

Estamos rodeados de dificultades, estamos solos, inseguros, llenos de desencantos y desesperanzas y seguro que muchos, inundados de lágrimas, pero ahí estamos, caminando porque no queda más remedio, pero ¡qué duro es este jodio camino!

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