El PIN, el PUK y la madre que los trajo

Claves para todo

Los lunes de por sí son feos, madrugas después de un fin de semana de ocio, diversión y alguna cervecita que otra, después no te queda otra que ir a currar y como le sucede a la mayoría del mundo mundial, trabajas en aquello que no te gusta, excepto los futbolistas, salvo Ronaldinho (honrosa excepción por cierto), los ricos de pedir como la Espe y alguna que otra tiarrona dedicada al mundo de la moda.

Pero como yo soy del montón, trabajo, ¡gracias a Dios! y en lo que no me gusta y para colmo, como acabo de hacer, tengo que dar gracias a Dios aún siendo ateo, en fin, que la vida tiene estas cosas,  como diría el bueno de Giancarlo: “esto no le importa una jodida mierda a nadie”.

Pero los lunes son esos días en los que tienes que abrir dentro de tu cerebro mononeuronal la caja del trabajo, en la que se puede encontrar, entre otras cosas, las condenadas claves para todo. Que si una clave para el ordenador, otra para el programa, otra distinta para el acceso  a la intranet… ¡quién habrá diseñado tanta puñeta!, pero ¡ojo!, luego toca el pin del móvil, el pin del teléfono de la empresa, el otro pin del móvil de la empresa y así un pin y otro pin, que te dan ganas de mandar a tomar por “pin” a todo el mundo.

En fin, la vida ya no es un sueño como diría el poeta, la vida es un triste pin, una vida en clave que no puedes olvidar para trabajar, hablar por teléfono, chatear, comunicarte en tus redes sociales o leer tu correo, sacar dinero del banco, etc,  claro, llega un momento que al final confundes el pin con el pun, el pun con el puk, el puk con la madre que lo trajo. Hoy, sin ir más lejos al echar gasolina en el surtidor, ¡hasta dónde llegará mi obsesión con los “pines”! que en lugar de teclear el importe he tecleado el pin de mi teléfono… ¡dios mío!, estoy rayao, rayao…

Lo que digo, me cago en el pin, en el puk y en la madre que los trajo, ¡qué locura!

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