De narices

De narices

Todos tenemos alguna característica física que, por decirlo de alguna manera, es destacable con relación al resto del mundo mundial. Unos por guapos, otros por feos, otros por calvos o por flacos, o por bizcos, o por rubios, o por gordos o, como en mi caso, por chato. Sí, soy chato y no por herencia, los genes no tuvieron nada que ver en esta historia, sencillamente soy chato porque de pequeñito me “partí” la nariz contra el suelo tras, azarosa hazaña, pisarme el cordón de la bota ortopédica que llevaba por tener los pies planos, dicho de otra manera, nací algo ‘trastocao’ y me terminé trastocando más. Desde entonces tengo apariencia de boxeador y con poco esfuerzo puedo torcer el gesto y causar hasta miedo, sino miedo, al menos algo de recelo, lo que no es poco.

Dentro de algunos post creo que voy a hablar de la suerte, no creo ni en la mala ni en la buena suerte, es cuestión del azar, del suceso imprevisible que no podemos controlar ni preveer como me paso de pequeñito, fui incapaz de preveer que por llevar un cordón sin anudar podría cometer una torpeza que provocara una caída, con la “mala fortuna” de parar mi desplome con la nariz y contra el suelo. No obstante a veces te da que pensar, sobre todo porque tengo la sospechosa costumbre que cuando recibo algún golpe fortuito en la cara siempre va a la nariz.

Cuando tenía 18 años me operé del tabique nasal para poder respirar mejor, ¡cómo respiraría de mal entonces!, a pesar de la operación la cosa no mejoró de manera absoluta, pero fue un progreso para mi salud, que no para mi estética.

Solo pasé tres días en el hospital, tres días que se me hicieron interminables y no digamos a mi madre, la pobre se pegó el susto de su vida cuando me traían del quirófano y comencé a tener convulsiones, ni que decir que yo ni me acuerdo, pero cuentan las viejas de lugar que las enfermeras me intentaban sujetar para que no me cayera de la cama,  y que más de una dio con sus santas posaderas en el suelo ante mis espectaculares, eso dicen, convulsiones.

Cuando salí del hospital y a los pocos días me fui con unos amigos a pasar un día de campo, yo no participaba en juegos peligrosos, dada mi sensibilidad nasal pero un “puto balón” perdido me encontró en su trayectoria y ¿dónde me golpeó?, podía haber sido en la chola, o en la espalda, o en mis santos cojo…., pues no, fue en la nariz, ¡PREMIO!

Hoy estaba intentando desatascar una máquina que lleva unos muelles, es igual, el caso es que al saltar el muelle, sin ningún pudor ni sigilo ha ido a parar a, sí, donde estás pensando y es que estoy hasta las narices de que si me doy en la cara siempre pare los golpes con mi hundido y maltrecho tabique nasal. No sé, me da en la nariz que yo nací para ser chato, no es que fuera mi destino, es que era, es y será siempre mi seña de identidad. ¡Tiene narices la cosa!

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