Zumo de naranja

Ha llegado el final del día, como tantos finales de día a lo largo de mi vida, aunque últimamente, a decir verdad, los finales del día me resultan insípidos, no hay sabor más allá del zumo de naranja que bebo siempre antes de acostarme.

El día pasa corriendo, al ritmo que mi corazón necesita para no tener tiempo de pensar. Los recuerdos hacen amagos de amargarme el alma pero cierro los ojos, aprieto los puños y el día llega a la tarde y la tarde se convierte en noche en un imperceptible pestañeo de ojos.

La misma carretera para llegar al trabajo, las mismas caras de compañeros asustados, rendidos a un trabajo sin presente y con escaso futuro, el primer café y luego abstraerse tras una pantalla para derrochar los minutos en una jornada aburrida y escasa de miradas cálidas, de hermosas palabras, de sentimientos nobles, solo un mirar a otro lado y poco más.

Dicen que correr es de cobardes y cuando llego a casa me calzo mis viejas zapatillas y me voy a correr por el barrio para que mi mente siga parada, consiguiendo que mis inquietudes, mis desilusiones y mis enormes tristezas pasen por mi mente a tanta velocidad como el tiempo se pierde con la caída del sol. Me temo que la frase es cierta, corro y lo hago porque soy un cobarde.

Ha llegado la noche, no quiero otra cosa que quedarme a oscuras y dejarme ahogar por un silencioso y solitario sueño. Ningún ruido, salvo la ducha nocturna del vecino que provoca cierto desasosiego en mi corazón, porque lejos de distraerme, me impide no pensar…, hasta que se hace el silencio y los recuerdos se diluyen con la lágrima ahogada del corazón en un triste sueño de soledad. El corazón no se para pero de alguna manera deja de sentir, la mente se sume en un mundo de blancos y negros hasta que la noche termina apoderándose de mi alma.

Ahora duermo…, mañana comenzaré de nuevo y el único sabor del día será un zumo de naranja, el sabor más dulce al que aspiro.

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