De cenizas

De cenizas y recuerdos

Son volátiles y casi incoloras, no dicen nada pero tiempo atrás fueron algo, quizás un árbol, o un edificio, o una persona. Tenían color, servían para algo y ahora solo son cenizas. De cenizas…, porque todo son cenizas y si no lo son, lo terminará siendo.

Es una sensación extraña, al menos para mí, en toda mi vida había tenido esta sensación de quietud, cierta predisposición a no ir más allá del próximo minuto de mi vida.

Y no me gusta pero me acomodo y esa comodidad es placentera, tranquila, de tanto sosiego que mi cerebro se refugia en la famosa “caja de la nada”, sí, esa caja a la que tanto recurrimos los hombres y que desespera sobremanera a las mujeres. “¿Qué estás pensando?”, pregunta ella dando por sentado que siempre se está pensando en algo. “En nada, no pienso en nada…”, y cierta sensación de incredulidad, por no decir de “enfado”, recorre la mente de ella que no alcanza a entender que alguien no pueda pensar en algo.

En mi caso no hay mujer al lado que se desespere…, más tranquilidad, exceso de parsimonia, ausencia de objetivos, carencia de expectativas, nadie que me obligue a retos nuevos, no sé, quizás los sueños hayan muerto.

Me estaré haciendo mayor, ¡qué ironía!, ya soy mayor y aunque pienso como un joven y contradictoriamente a lo que acabo de decir, sigo percibiendo la vida como un chaval de veinte años, ahora me conformo, o simplemente me dejo llevar. Tanto creer, tanto luchar, tanto soñar…, y todo se convierte en cenizas.

Los sueños se han muerto, ardieron en el fuego de la vida, consumiéndose en las llamas de la desesperanza y ahora solo son rescoldos de lo que pudo ser y no fue, polvo en el viento, cenizas incoloras, sin sabor, sin temperatura y como el corazón muerto de un vampiro, llenas de dolor y de lágrimas secas.

Estoy cómodo pero cierta sensación de tristeza y melancolía recorre mi alma. Ahora las cenizas se escapan entre mis dedos y vuelan, vuelan cada vez más lejos para posarse en el inmenso universo de los recuerdos.

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