Noche de música y pedos. ¡Curioso cuanto menos!

Entre pedos y las ganas de vivir

Esta semana además de asistir a un concierto de la Banda de unos amigos, de estar en un local de Madrid llamado La Tabacalera que es lo más parecido a un escenario de guerra del vídeo juego Doom o a las salas de los horrores de la saga Saw, tuve la oportunidad de experimentar dos sensaciones contradictorias, ambivalentes, distintas, no sé, una dicotomía entre lo que entiendo y lo que no, entre lo que me hace sentirme ubicado y lo que me desubica por completo.

Al acercarme a la cantina del local con mi amigo cineasta, escritor y montañero para más señas, se nos acercaron dos chicas para expresar su queja por recibir sus respectivas cervezas en vasos de cristal, por otro lado como dios manda, y no en vasos de plástico, reciclable y por el que te devolvían 1€ siempre y cuando retornaras el vaso a la camarera. No me preguntéis cómo pero la conversación terminó sobre los pedos, sí, leéis bien, PEDOS, que sí, que hablo de las ventosidades humanas, tan desagradables como inimaginables en una conversación entre cuatro desconocidos.

Que si mi novio y mis pedos, que si desde el primer día, que si mientras el sexo oral le digo ‘ponte para allá que se me van los gases’, no sé, el caso es que mi amigo y yo nos miramos entre la sorpresa y el disimulo  y concluímos con la frase que define nuestro momento desubicación y que viene a ser algo así como “curioso, muy curioso cuanto menos”. En fin, ante tanta intimidad y después de una escatológica conversación no nos quedó otra que preguntarles el nombre, al menos por educación y vaya usted a saber por qué.

Al terminar el concierto del que disfruté como un enano, tanto por la música como por la compañía de una buena amiga y de un amigo suyo, (mi amigo el escritor, cineasta y montañero se quedó profundizando sobre el tema de los pedos durante buena parte del concierto con la escatológica desconocida) tocaba la hora de irse para casa y me ofrecí a llevar a mi amiga, escritora, reflexiva, madre, amiga, curiosa que no cotilla, y de pensamientos profundos y para nada “gaseosos”.

Y en ese tiempo disfruté de una conversación existencial, escuché puntos de vista que me ayudaron a reflexionar sobre mí mismo, sobre mi relación con otros y sobre la necesidad de la aceptación de uno mismo antes de esperar ser aceptado por los demás. Pero sobre todo recuerdo su frase sobre la vida, “merece la pena vivir, es apasionante”. Su optimismo, racional pero ilusionante me impregnó y me tocó el corazón. Me recordó una canción de Amaral que se titula Kamikaze y que habla de las “ansias de vivir”  y de “limitarse a seguir la ley de nuestro corazón”. Ya va siendo hora que aprenda a pedir perdón más veces de las que pido permiso. Mi amiga me recomendó el equilibrio pero yo ando demasiado desequilibrado hacia el lado del permiso y así no hay espontaneidad ni vida plena.

Vamos andando y mirando a la vida de frente, tiene que merecer la pena, es más, MERECE LA PENA, como un kamikaze, hay que vivir y dejarse la vida en ello.

(Va por tí amiga, la canción de hoy me refiero, conseguiste ubicarme después de una noche de música y pedos)

 

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