En el ascensor

Miradas perdidas en el ascensor

Se abre la puerta, en realidad no se abre, se abren, o siendo más precisos se separan para dar paso a un habitáculo normalmente cuadrado, casi siempre lleno de espejos y siempre demasiado estrecho. El ascensor, la máquina perfecta para llevarnos a grandes alturas sin necesidad de subir escaleras, con el ánimo de evitar esfuerzos físicos que bien pueden ahorrarse.

Hoy como tantas veces tomé el ascensor tres o cuatro veces en mi lugar de trabajo. Algunas veces voy solo, la mayoría, pero en esas pequeñas ocasiones que bajo con alguien el espectáculo siempre es el mismo: “buenos días”…, y miradas al suelo, o al techo, según el estado de ánimo, probablemente si vienes con una enorme desgana mires al suelo y te revises todos y cada uno de los zapatos que pisan el suelo del ascensor, los sucios por un lado, los arañados por otro, los cursis como el dueño, los chulos o los casposos. Si por el contrario, el ánimo es algo más óptimo, miramos al techo y tímidamente buscamos las caras amargadas o aburridas de los compañeros de tan breve viaje.

Ni una palabra más, tensa espera, solo unos pocos segundos, pero gentes que comparten más horas próximos que con sus parejas no sueltan prenda, ni una palabra y en ocasiones ni un solo gesto. Miramos el marcador digital de los pisos y según con quién compartimos el viaje, lo miramos como una cuenta atrás, pareciera como si el quinto piso estuviera a doscientos kilómetros de altura. Las miradas suben o bajan pero se evitan, como queriendo asilarse al máximo de quien tenemos al lado. El silencio es frío y en ocasiones tan denso que se hace irrespirable. Afortunadamente se abren las puertas y seis o siete compañeros, que no amigos, que no colegas, que no “nada”, salen en estampida para refugiarse tras una pantalla de ordenador.

Y como si de una triste ironía se tratara, la única palabra que se nos ocurre decir es “hasta luego”, como si fuéramos a vernos de nuevo.

A veces creo que cuando subo o bajo solo en el ascensor es cuando más acompañado voy, con mis pensamientos y mis imágenes del día que ha pasado o que me queda por vivir, pero cuando entra gente solo respiro silencio, frío silencio, la puta soledad en estado puro.

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