Cuando las luces se apagan

Cuando las luces se apagan

Cuando las luces se apagan es mejor no mirar con los ojos y dar rienda suelta al corazón. Es entonces, entre la penumbra, que comenzamos a distinguir los contornos más suaves y reveladores de nosotros mismos, es cuando los abismos más profundos se iluminan y nacen los colores de nuestro interior.

Una noche sin la luz de la luna no sería noche, una noche sin nuestra luz interior no sería noche. Cuando nuestros corazones enmudecen en medio de la penumbra, debemos encender el candil de la reflexión, el quinqué de nuestro yo más íntimo que ilumina el camino por el que deambulan nuestros pensamientos, por el que pasean nuestros sentimientos más profundos, para ordenarlos en fila, de uno en uno y  desechar los escenarios que oscurecen los recuerdos, que nos atenazan el deseo de avanzar.

Cuando las luces se apagan en el exterior, la luna llena derrama su luz casi como caricias aterciopeladas de deseo, arrastrándonos a nuestra naturaleza más real, más humana, más personal. Nuestro yo aparece en la soledad buscada de nuestro corazón, porque nadie nos mediatiza y nuestros miedos se confiesan sin ningún pudor.

Cuando las luces se apagan comienza a encenderse nuestro mundo interior, cerramos los cajones oscuros del silencio y abrimos las ventanas de la esperanza de nuestro herido corazón.

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