Valientemente estúpido

Valientemente estúpido

Estar solo tienes sus ventajas y creo que de ellas he hablado en varias ocasiones, no obstante la soledad puede originar cierto grado de apatía e incluso de “pasotismo ilustrado”, uno por el cual te dedicas a la vida contemplativa descuidando absolutamente las consecuencias. Solo reaccionas cuando algo realmente te duele, cuando te toca la fibra sensible y es ahí cuando despiertas, razonas, argumentas, luchas, te mueves en busca de más puntos de vista, porque necesitas primero comprender y después defender tu forma de actuar, pero una forma de actuar que comienza a no medir las consecuencias. La inconsciencia en estado puro.

Dicen que cuando eres viejo todo te importa un comino, sale la manida frase de “ya para qué”, y quizás es lo que me esté ocurriendo, que no me callo, que digo lo que pienso si el tema me afecta, y si no me callo; que me importan un pimiento las posibles consecuencias que pueda acarrear y francamente, no es nada bueno. Uno puede argumentar que hay que ser valiente, pero ¡amigo! ¿que es la valentía?

Medir la valentía o la cobardía es un asunto más complicado de lo que parece. Dos personas pueden reaccionar de la misma manera pero por motivos distintos y aunque el hecho sea el mismo, la razón puede atenuar o terminar justificando más a uno que a otro.

Un trabajador joven, sin hipoteca, sin cargas familiares, puede permitirse el lujo de no tolerar un abuso laboral y plantar cara al más pintao de los empresarios, si lo tolera puede ser por falta de carácter, de coraje y de valentía,  pero, ¿y un padre de familia?, ¿que pasa si tiene hijos, un plato que poner en la mesa, un techo que pagar para cobijar a su familia?, ¿es cobarde porque traga para seguir manteniendo los ingresos necesarios que sirven de sustento a los suyos?

Algunos, incluso con esas cargas no han tragado, pocos, también es cierto, pero haberlos “haylos”, como las meigas, pero no merecen ser llamados cobardes, no por ser esclavo se es cobarde.  Y ahora voy yo, cuarentón, desubicado familiar, social y laboralmente y comienzo a darme cuenta que todo me importa tres pepinos. Tengo una casa que pagar, ¿y qué?, me digo no sin cierta chulería e inconsciencia. Sin hijos, sin familia a la que sentirse arraigado, sin raíces ni nada que se le parezca, tengo la impresión que ya todo me da lo mismo pero no por ello me siento más valiente, solo más loco, más adolescente mentalmente hablando.

No soy valiente, será el cansancio, la apatía, el agotamiento de luchar contra lo imposible, de pleitear por pleitos de pobres que ya no me quedan ni lágrimas, en todo caso la estúpida valentía del desencanto.

Esta noche emiten Ghost en TV, todo ternura, todo sueños y todo emoción de mis tiempos adolescentes. No tengo remedio, soy un membrillo valientemente estúpido… Idem


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