Cuestión de costumbre

 

CC

Hay objetos y costumbres que sin saber muy bien por qué ni cómo empezó, han llegado a ser parte de nuestra rutina y posiblemente morirán con nosotros. También hay días que eres consciente de ello porque, seguramente, si os ponéis a pensar muy probablemente encontréis actos repetitivos, casi automáticos que más parecen hechos por el instinto que por la razón.

Todas las mañanas me levanto muy temprano, la mayor parte de los días estoy con los ojos como platos a las siete de la mañana, cuando aún no han terminado de poner las calles, que ¿por qué?, no lo sé, solo que hace siete u ocho meses comenzó y ya se ha hecho rutina en mi vida.

Casi automáticamente me levanto medio sonámbulo y paso por el cuarto de baño y después voy a la cocina y busco mi tazón naranja con el dibujo de 5 hojas y me preparo mi Nescafé, imprescindible para que yo sea persona. Lo curioso es que si no encuentro mi tazón me desubico, me altero, es como si me hubiesen movido todo de su sitio y el día comienza entonces mal.

La escena es pintoresca porque haga el frío que haga, voy en calzoncillos hasta la cocina sin ser consciente de la temperatura que hace allí (en la cocina no tengo calefacción) y como un robot cojo mi tacita, después el azúcar moreno, el nescafé y por último mi leche semidesnatada, que aún me sigo preguntando por qué compro así la leche porque, francamente, no me sabe ni mejor ni peor, es cuestión de costumbre.

Cuando suena el micro-ondas cojo mi taza y me dirijo inexorablemente frente a mi ordenador, allí, en la mesa, frente al teclado, coloco mi taza y miro la pantalla, especialmente el correo, y me quedo a la espera…, siempre a la espera de recibir algo especial.  Mis ojos se dirigen a la barra de Windows, en concreto al sobrecito que si se pone azul es porque hay correo, y voy como una “loca posesa” a ver qué llegó, quién me escribió. Buceo por internet y me pierdo por el mar, por “el mar del verano” aunque a mí se me hace un mar helado y silencioso del que siempre espero y anhelo.

Una costumbre más, la de esperar, y es que dicen que “quien espera, desespera” y algo de cierto debe haber en eso, pero es mi costumbre y sin poder dominarlo me agarro a la pantalla de la esperanza.

¡Cuestión de corazón, bueno, y de costumbre!

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