¡Esto no es justo!

Hoy era uno de esos días que te levantas como de brazos caídos, todo cuesta un mundo, el teléfono pareciera gigantesco e imposible de levantar, su sonido estridente se clava en el cerebro como si de múltiples alfileres se tratara. Es un día gris, lleno de niebla en el exterior y me temo que también en el interior, nada me apetece, nada especialmente me motiva, mi cabeza divaga y resta importancia a todo lo que ocurre alrededor, ni siquiera los problemas me parecen graves, simplemente no me parecen, es como si mi cuerpo hubiese comenzado una hibernación y no fuera capaz de sentir.

Con pereza y cierta desidia le comenté a mi compañera de trabajo cómo me sentía, a ver si hablando un poco despertaba de mi profunda apatía y cansancio. Me miró con cara de tristeza y con una sonrisa que se mostraba claramente forzada me dijo que acababa de hablar por teléfono con su marido y que él la había llamado llorando, ¡cuál fue mi sorpresa y mi susto porque Willy, su marido, no parece una persona que llore con facilidad! El comentario ya me puso en alerta pero no fue eso lo que terminó despertándome de mi empanada mental y física.

Me contó que en el trabajo de su marido acababan de recibir la noticia que una compañera de trabajo que estaba de baja por maternidad había tenido el día anterior un accidente y habían muerto su marido y su bebé de dos meses, ella estaba en coma y muy grave en un hospital de Toledo. Cuando me soltó la noticia fue como un monumental impacto, me quedé helado, en silencio, incapaz de hacer un gesto.

A los pocos segundos mi compañera me pregunta ¿y a ti qué te pasa?, y le dije aún noqueado por la sacudida,  ‘nada, no me pasa nada’… ¡claro!, ¡qué me podía pasar a mí después de esa tragedia! La comenté que me invadía la sensación de que no somos dueños de nada y mucho menos de nuestro destino y que a veces pareciera que la fortuna, el azar, no sé cómo llamarlo, fueran como depredadores ávidos de sangre esperando su momento para lanzarse sobre nosotros y cortar de lleno el presente y el futuro, nuestras esperanzas y nuestras ilusiones. Mi compañera me dijo una sencilla frase que lo resume certeramente: “esto no es justo”, y no, no lo es, ni es justo, ni tiene explicación, ni tampoco sentido.

Es verdad que lo que ha ocurrido no tiene vuelta atrás, ¡ojalá pudiera hacerse lo que la película “Dèjá vu” cuenta!, ver el pasado, retornar a él y poder evitar una tragedia de esa magnitud, pero ¡cuántas tragedias se producen durante el día y no somos conscientes!, solo cuando nos pasan cerca, o cuando nos tocan, es ahí cuando no podemos mirar a otro lado, es cuando no vale la resignación y el pasar de puntillas,  es cuando te invade la más profunda desesperación, impotencia y soledad. Siempre he dicho que en las sociedades occidentales los seres humanos estamos “narcotizados”, solo reaccionamos ante nuestras tragedias pero somos incapaces de mover un dedo por todas las miserias que ocurren a diario.

Al rato sonó de nuevo el teléfono pero ya no se me clavó en mi cerebro, la vida o mejor dicho, la muerte me había espabilado y, de paso, me había recordado con toda su crudeza la futilidad de la vida y que dejar pasar el tiempo era un derroche que no nos podemos permitir. ¡Ojalá mi estrella lo comprenda, ella sí sabe lo cruel que es la vida!

 

(Este post fue escrito el 17 de enero de 2011 al conocer el accidente de una familia)

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