Retrospección

De niño no era precisamente aficionado al agua. Como ya tengo mis añitos, ha llovido mucho, los hogares de entonces no tenían que ver con las casas de ahora, sí, hace tanto tiempo de aquello que los que ya tenemos una edad decimos aquello de  “cuando ‘to’ esto era campo” pero la expresión, típica de gente ya entrada en años, es absolutamente cierta, donde ahora hay un edificio de 5 plantas y una boca de metro, antes había un solar donde las madres llevaban a jugar a los niños.

Detrás del hospital militar Gomez Ulla, un edificio de la guerra civil y de dos plantas, construyeron otro de no sé cuantas plantas que se ve casi desde cualquier parte de Madrid. Es cierto, antes “to era campo” y ahora solo hay ladrillo.

Eran épocas donde todavía no existían en las casas los completos cuartos de baño que ahora existen por lo que mi madre nos lavaba en un barreño, como si de cacerolas se tratara, con su jabón de pastilla frotando la cabeza y echando el agua calentada en el fogón de la cocina para aclarar, en fin, así lo hacían en su pueblo y así nos lo hacía de niños en el Madrid de los últimos años de la década de los 60 del siglo pasado, eso sí, al poco reformaron el baño y pusieron una bañera a la cual cogí auténtico repelús, llegó a ser por unos cuantos años de infancia mi particular “cámara de la tortura”

El agua para mí era sinónimo de huida, todavía me acuerdo cuando escuchaba la voz de mi madre diciendo “Pepitooo, a bañarse”, y yo salía en estampida hacia el otro extremo de la galería como gato escaldado, suplicando por favor que no me metiera en la cámara de tormento. Por algo le cogí manía al nombre de “Pepito”, me trae recuerdos terroríficos. Al agua le tenía auténtico temor. Recuerdo de cuando me llevaban a la playa en verano y con solo ver una olita de estas que llegan mansamente a la orilla, salía en estampida porque pensaba que únicamente con el contacto me iban a dar los siete males. Pero poco a poco y a medida que iba creciendo comencé a gestionar mejor mi visión sobre el líquido elemento y cuando era un incipiente mancebo y los hedores comenzaban a ser preocupantes empecé a ver en la bañera a un aliado más que a un enemigo, hasta el punto que me apuntaron a un curso de natación en la piscina municipal que hay en la estación de metro de “El Lago” de la Casa de campo. Eran los tiempos de bañadores tipo “turbo”, vamos, calzoncillos de licra y de colores incalificables, bien ajustaditos y marcando paquete, como mandaban los cánones de los machitos de los años 70, no nos olvidemos que Pajares y Esteso eran por entonces los paradigmas del ligón español. En las competiciones siempre era de los últimos y además nadaba en zigzag, como esquivando balas imaginarias, porque si no, no le encuentro sentido. Era un desastre nadando y a día de hoy la cosa no ha cambiado mucho, me defiendo que no es poco.

Ahora lavarme no me supone un problema, todo lo contrario, es más, gozo de las duchas diarias, en cuanto siento que he sudado un poco estoy inquieto y con ganas de pegarme un duchazo que me relaje y me deje limpito y muy simpático, aunque como decía el amigo de una compañera de curro: “no hay nada que más me joda que una mujer me diga que soy simpático”, en fin, que no basta con ser simpático para gustar a las mujeres, ni tampoco muy limpio, hay que estar bueno y no oler mal, con eso ya tienes bastante terreno ganado, al menos eso cuentan, porque yo soy muy simpático y muy limpio, por lo que no tengo experiencia en el otro campo.

A veces me pregunto si realmente no estaré en las últimas porque estoy atravesando una fase retrospectiva que no es normal, ¿será la edad?, ¿será la crisis?, ¿serán las dos cosas?, ¿no será que mi vida pasada atraviesa mi mente en millones de imágenes como si estuviera a puntito de irme ’pal otro barrio’? En fin, yo me encuentro bien, es más, ya soy capaz de correr 10 kilómetros en 53 minutos, lo cual me congratula a mí solo ya que los demás se preguntarán, ¡bueno! Y ¿a mí qué? En fin, voy a ver si me pego una ducha que hace un par de desodoraciones que no me lavo convenientemente.

Por cierto, ¿Dónde está mi bañera?, ahí está, esperándome anhelosa y acuosa, como mujer dispuesta a ofrecerme sin fingimientos todos los prodigios de la delectación.

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