El olor de mi casa

Este post nace en relación a uno de los últimos comentarios recibidos en este blog de una buena amiga.

Tengo la impresión que cuando la gente a tu alrededor percibe que el tono de mis escritos y reflexiones es triste, no es por una interpretación subjetiva e interesada sino, por el contrario, porque es lo que se respira cuando se entra a esta, mi casa y la vuestra también, y como si de un olor a sobaquillo por carencia de duchas se tratase, impregna todo alrededor dejando un regusto característico que suele ser repelente para el resto de los mortales.

A mí eso de apestar siempre me ha dado espanto, por eso me cuesta aceptar que los demás huelan “indebidamente”, por utilizar un término suave.

La vida es, por definición, corta, muy corta, es única y nadie la puede vivir por nosotros, tampoco podemos vivir la vida de otros porque solo nos generaría frustración por lo que vivir triste, oler a triste, puede ser una pequeña gran pérdida de tiempo. No obstante tampoco puedo olvidar que en la soledad es donde uno realmente es como es, sin tapujos, sin necesidad de actuar, sin gestos imitados y comportamientos esperados. En mi blog soy yo mismo, intento que todo sea natural, espontáneo, sincero, tal cual dios me dio a entender, y eso me hace de vez en cuando recapacitar y llegar a conclusiones, y me pregunto, ¿no seré yo un triste que se regodea en su tristeza?, ¡dios me libre!, bueno, dios o Maradona, en cualquier caso, sea quien sea, no puedo permitir que la tristeza sea el “olor” característico en mi vida.

Las rosas huelen a rosas, el tomillo pues a qué va a oler, a tomillo y yo, yo huelo a tristeza, eso parece obvio y el olor canta. No creo que la solución sea usar un desodorante para disimular los olores de la tristeza, sería una solución falsa y poco duradera, más bien se trata de fregar el alma de recuerdos que pesan, desechar los pensamientos negativos y vivir cada minuto como si fuera el último. Creo que hay que desterrar la espera, la eterna espera, esa que como dice el dicho, desespera y que nos deja paralizados y casi sin vida propia por la creencia de que lo que nunca ha ocurrido ocurrirá. Demasiados sueños incumplidos, demasiadas emociones inconclusas, demasiado silencio y distancia, demasiadas palabras y pocos hechos, demasiados anhelos y ninguna presencia y mientras tanto la vida no pasa, vuela, y el único rastro que dejo es un olor característico que me disgusta y disgusta.

Los cambalaches en el repertorio no se hacen de la noche a la mañana, al menos en mi caso, todo requiere de un tiempo de aprendizaje y adaptación, además nunca he sido muy dado a dar portazos a nada, creo que así, más que cerrar para siempre, se huye sin cerrar nada. Para poder descollar hay que racionalizar y en eso estamos.

Ahora que desgraciadamente está a la orden del día el terremoto de Japón y el apocalipsis nuclear que amenaza a la zona, quien sabe si a más zonas, leía sobre los japoneses y su comportamiento. Los japoneses no suelen llorar en público, no suelen mostrar desánimo delante de otros, sus pensamientos negativos, su ánimo y sus lágrimas las guardan siempre para momentos muy íntimos porque en su cultura aprendieron desde niños que exteriorizar los sentimientos implica cargar de energía negativa a los seres queridos o a los que les rodean, esos comportamientos son condenados por puro respeto al prójimo y con el objetivo de no incomodar. Creo que algo de ese comportamiento es positivo aunque para mí es exagerado y algo carente de humanidad. Los seres humanos somos emociones, positivas y negativas y en el arte de compartirlas los unos con los otros se encuentra el secreto de la convivencia.

Vamos a ver si coloreamos con un nuevo tono nuestra vida, luchar porque las sonrisas se impongan a las lágrimas puede ser uno de los secretos de la felicidad, y de paso comenzar a desprender un olor con una fragancia más interesante.

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