Y una estrella llegó

“No llegaba solo ella, llegaba su sonrisa, como anticipándose a los pasos que, desde lejos, le acercaban hacia él. El día era radiante como sus ojos y desde la lejanía costaba imaginar una calle más luminosa sin su presencia.

No gozaba de buena vista pero sin saber ni cómo ni por qué y tan solo después de dos ocasiones, podía identificarla en medio de docenas de personas. Cuando llegó hasta él, su sonrisa ya deslumbraba y cuando le besó, el sabor de sus labios le transportó en milésimas de segundo hasta el centro del mundo.

La tarde transcurrió como quien está en medio de una enorme habitación silenciosa y aislada y solo escucha una voz, la suya. Sus gestos dominaban su perspectiva, su voz era la radio de su alma, sus risas eran las cosquillas que le alborotaban el estómago y su olor como la fragancia extraída de las esencias de la vida.

Él siempre creyó en las estrellas y su magia porque hasta en los peores momentos aparece una de ellas que con su brillo resplandeciente, te muestra el camino para salir del pozo más tenebroso. Hacía tiempo que le costaba distinguir alguna, pareciera que el cielo siempre estuviera encapotado y cuando alguna estrella brillaba era demasiado lejos para percibir de pleno el calor de sus rayos.

Y una estrella llegó, de lleno, impactando sus rayos con bofetadas de frescura, a golpes de tonos vivos y sonidos envolventes, que huelen a tierra, que saben a sol, y cuando la noche decidió acunar la luz del día, aún seguía iluminado y transportado en aquella estrella  que le mostró que tras la noche caprichosa siempre habría un nuevo amanecer inundado de colores”

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