La cosa va de héroes

Todos hemos tenido algún héroe, especialmente cuando fuimos niños, bueno, todos o casi todos. El mío era Batman, era el personaje de cómic que más me atraía y es que siempre me gustaron las cosas sigilosas y secretas, nocturnas, con un halo de misterio. Eso de volar como Superman, por el día, donde todo el mundo lo ve, pues como que le quitaba toda la emoción que denotaba mi enigmático murciélago predilecto.

Lo bueno de Batman es que tenía una condición absolutamente humana, ni le había picado un bicho radiactivo, ni había venido de otro planeta, ni tenía debilidad por la kryptonita, ni nada que se le asemeje, el amigo Bruce Wayne, residente en Gotahn City era un tío de carne y hueso, millonario eso sí, y filántropo para más inri,  pero sangraba como todos.

No obstante para ser un héroe hay que tener ciertos poderes y los suyos se basaban en la ciencia y en la inteligencia, era un tipo avanzado a su tiempo y de ahí toda mi admiración y seguimiento infantil, adolescente y, por qué no decirlo, también admirado en mi actual etapa de adolescente maduro.

Pero hoy no quiero irme sin destacar a un héroe que era justo lo contrario a mi siempre admirado Batman, me refiero al Gran Héroe Americano, el profesor Ralph Hinkley que tras un inesperado encuentro con una nave extraterrestre, recibe como prenda un traje de Super héroe. Hasta ahí todo bien pero hubo un pequeño problema.

No sé, imagínate por un momento que te regalan un I-pad, jamás habías tenido uno ni nada que se le pareciera y cuando decides leer el manual de instrucciones para ver cómo funciona, ¡zas!, el puto librito que se ha perdido y no hay forma de saber sus utilidades. Pues algo así le ocurre a mi admirado anti héroe, perdió el libro de instrucciones y utilizar el traje para luchar contra el crimen era poco menos que una aventura grotesca. Solo lo podía utilizar él pero ¡de qué manera!

Todavía me acuerdo de sus terribles aterrizajes cuando no de sus despegues desequilibrados, era del todo hilarante, con ese tipo escuálido, chupado, casi desecado y que metía menos miedo que un gatito dormido. Era El Gran Héroe Americano y reconozco que ver cómo los yankees hacían una serie con un Super Héroe que era lo más antagónico a los típicos personajes super poderosos de la maquinaria de Hollywood, me gustó y terminó por cautivarme.

Y ¿por qué me he acordado de todo esto?, ya os digo que últimamente me da mucho por recordar y es que cuando era un adolescente recuerdo que esta serie era de las pocas que me mantenían frente al televisor. Son recuerdos de chaval, de casa de mis padres, con sabor a colegio, casi instituto, a tortilla de patata, a libros, a veranos en familia y con una vida aún por definir. Imagino que pasar últimamente tanto tiempo en el barrio en el que nací provoca estos efectos y posiblemente porque algo de mis admirados Super héroes debo tener, no sé, misterio, nobleza, torpeza y mucho de utopía. Bueno, me voy a dormir, a soñar con Batman, con mi amigo Ralph y con Mi Super, aunque debería decir Mega… ¿no?

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