Mi primer año “Mariano”

Frases como: ¡Venga yaaaa chavaaaal! …, “¿de verdad?”…, o “todavía creo que te estás quedando conmigo”, fueron  las expresiones  más contenidas que escuché hace ya algunas noches en un bareto de Madrid, porque todas se parecían más bien a un “¡Amos nomejodas!” que a otra cosa.  Y todo porque dije que a mis adolescentes treintaydiecisiete años  jamás había dado ni una miserable caladita a un porro… cric, cric, cric, cric, cric, cric, cric… (Onomatopeya del sonido de un grillo para reproducir el silencio absoluto del sorprendido lector)

¿Seguís ahí?… ¿Hola?…, bueno, continúo.

Cierto es que a quién se le ocurre decir eso en una fiesta de cumpleaños en el bullicioso y céntrico Madrid, por un momento me sentí primo hermano de ET. Seguro que si mi confidencia hubiese ido  más por la senda de “yo maté a Bin Laden” o “sé quién mató a Kennedy” las reacciones hubiesen sido de otro calado y nada que ver con el pasmo y la sorpresa. Por cierto, sé quién mató a Kennedy, fue Zapatero en connivencia con Elvis, lo digo por si a alguno le quedaba alguna duda.

No hay edad para probar cosas nuevas

¿Cómo?, ¿Qué aún no te crees que haya sido “mi primera vez”? Venga, no pongas esa cara de incredulidad que todos hemos sido raritos alguna vez, ¡a ver!, ¡quién no ha intentado aprender a bailar sevillanas en algún momento oscuro de su vida! O ¡quién no le ha dado por escribir un poema de amor al estilo Neruda! O ¡quién no ha combinado rayas con cuadros al vestirse una mañana de domingo! ¡Joder! ¿Quién alguna vez en su vida no se ha comprado un pantalón vaquero de color blanco?…, ¿quién?, ¿Quiéeeeeen?… ¡Coño!, pues sí que soy rarito.

Todavía y días después de destapar uno de los secretos mejor guardados de mi vida, recuerdo las caras de incredulidad, asombro y hasta de recelo de algunos de mis queridos colegas de fiesta. Hubo de todo, hasta reacciones de iluminación divina, como si se hubiese producido una de esas apariciones ‘marianas’, nunca mejor dicho, que provocan convulsiones, lágrimas y baladros de emoción, y de hecho fue toda una aparición mariana porque “Lamaría” estuvo presente por primera vez en mi vida. Gracias a que mis compañeros de fiesta no eran precisamente catecumenados que si no El Vaticano ya habría recibido una petición formal para mi beatificación. Vamos, que el Juan Pablo I, un monaguillo  excomulgao a mi lado. Además, si por algo me caracterizo es por ser un Iconoclasta militante y ya solo me hubiera faltado que me hubiesen hecho una escultura, a imagen y semejanza como objeto de ferviente adoración.

Ya veis, yo, que de religioso tengo lo mismo que George Bush de comunista pancartero, por un momento me sentí como un “anómalosaurio”  extinto recién aparecido tras millones de años de evolución.

Fue tanta la incredulidad que hasta la protagonista del cumpleaños, que acababa de conocer minutos antes, vino a “palparme” sin mesura, ¡dios la bendiga!, para comprobar que era de carne hueso y que no estaba en presencia de una aparición angelical, o que sufría visiones tras beber su cáliz de ron con Cola y dejarse circundar en los aromas de mi recién conocida  Mari Juana, chica esta última tan etérea como envolvente, ¡ah! y muy divertida, con ella partirse el culo es lo menos que te puede pasar.

Pero claro, no pensaréis que puedo terminar mi descripción de aquella noche sin decir qué sentí ante mis primeros escarceos con la María. ¡Nada!, bueno, nada no, me picó la garganta como quien se traga una miga por mal sitio y comienza a toser sin mesura para luego quedarme tan cachazudo, como quien se fuma el humo de una barbacoa. Seguro que esto último hubiese sido más gratificante a mis sentidos que el porrete. Yo de chaval ya había probado el tabaco y me dio tanto asco que me dije: “esto no es pamí” y no volví a intentarlo en toda mi vida hasta ahora, recién superada la adolescencia y todavía caminando a la madurez, aunque dicen los sabios del lugar que ese camino no se termina por transitar nunca.

Lo sé, ¡quién me lo iba a decir a mis años! Yo, tan guapo, tan listo, tan majo, tan limpio, tan simpático y ahora abandonado a los placeres más básicos del hedonismo. Que ¿por qué?, será porque solo se vive una vez y nunca terminamos de crecer, será porque los estereotipos que te enseñan de pequeñito se desmoronan ante la realidad de la vida y cuando te dicen aquello de que cuando seas mayor ya no harás las locuras de un adolescente, seguramente lo decían los que queriendo hacerlo, nunca se atrevieron.

Ahora ya solo me faltaba que, cual chiquillo quinceañero, tuviera que tocarle el culo a mi novia a escondidas de sus padres y encima me fueran diciendo por ahí que si tengo cara de bobo enamorado, yo, a mis años, un tío experimentado, vividor, recio, que hasta fuma porros ¡coño!…, ¡ups!…¡me cago en la leche! ¡Mejor termino!

Y aquí me veis, hecho un hombre de mundo, en fin, todo un crápula y un tarambana, que no hay nada en la vida como que después de venir de Marte, convertirme en un terrícola de pura cepa y adoptar todas sus costumbres, especialmente las más parranderas.

Termino. Dios os bendiga, especialmente en el año en que conocí a ‘lamaría’, mi primer año “mariano”, año de nuestro señor.

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