Sobre la rutina

Vivir momentos excepcionales es, como la misma palabra indica, excepcional, pero lo que tienen de excepcionales lo tienen de poco habituales. La mayoría de nuestras vidas, al menos en el mundo industrializado, son vidas habituales o rutinarias y en la rutina está precisamente uno de los grandes problemas de nuestras vidas.
 
Confieso que la rutina en mi vida personal me llevó a dar un vuelco en varias ocasiones, como quien provoca una crisis para conseguir cambiar la “normalidad” e intentar así darle un aire fresco a las cosas. Pero una crisis siempre provoca problemas, incertidumbres y cierta inestabilidad, al menos a este que escribe, probablemente porque no me sé manejar muy bien en medio de las crisis.
Otros se mueven como “pez en el agua”, nadan contra corriente con soltura y a pesar de los revolcones, suelen disfrutar de esa forma de vivir llena de interrogantes e incertidumbres.
Un buen día, no sé muy bien ni cómo ni por qué comencé a no manejar bien la rutina, quizás fue desde el día en que me dí cuenta que la vida no tiene solo un óptica o una forma de ser vivida, quizá fue desde que comprendí que hay millones de matices y perspectivas que se escapan radicalmente al estereotipo que nos inculcaron de pequeño, y ninguna forma tiene por qué ser mejor o peor, pero tienen lo más importante, que son distintas, y eso es lo que me atrae, la novedad, el comprender otras formas de pensar y de vivir. Hasta lo que te vendieron de pequeño como malo no lo es tanto, es incluso hasta saludable y necesario para comprender mejor el mundo que te rodea.
Pero desde que me salí del “rebaño” de la normalidad “vivo sin vivir en mi”, eso sí, los momentos que llegan buenos son “realmente buenos”, inolvidables y siempre me hacen pensar en la frase que decía que “la vida no se mide por las veces que respiras sino por aquellos momentos que te dejan sin aliento” No me interesa una vida larga, me interesa VIVIR, la vida es “apasionante” como dice una buena amiga.
Nos educaron para ser estables, para tener costumbres, es más, se define al ser humano como un animal de costumbres y cuando estas se tambalean, cambian, transmutan o desaparecen es como si una terrible amenaza sin nombre y sin sentido racional se cerniera sobre nuestra mente y corazón, ambos llenos de miedo, miedo a no saber qué hacer ante la novedad.
Parece que para sentirnos seguros tenemos que, como mínimo, tener cubierta la “escala de necesidades de la pirámide de Maslow“. El amigo Abraham Maslow, piscólogo estadounidense para más señas, elaboró una teoría psicológica que formula una serie de “jerarquía de necesidades” humanas que a medida que se van cumpliendo en cada escalón o nivel de la pirámide, los seres humanos pueden desarrollar necesidades superiores, más elevadas. En la base de la pirámide están las elementales, como comer, respirar, descansar, el sexo, etc. Por cierto, ahora entiendo porqué hay tanto amargado en la vida. Si cuando dicen eso de “este no folla desde hace meses” por algo será. Son necesidades fisiológicas que una vez cubiertas dan paso a otras necesidades, la de la seguridad, seguridad física, moral, familiar, laboral, etc. 
Si esta también se encuentra mínimamente satisfecha pasamos a otro escalón, las necesidades de socialización o afiliación con amigos, seres queridos, intimidad sexual, etc. Si también están cubiertas pasamos a las necesidades de autoafirmación donde entra el éxito personal, el reconocimiento, etc., y por último las necesidades de la creatividad, la espontaneidad y la eliminación de prejuicios entre otras.
Confieso que algo de razón lleva pero sin tener segura algunas de las cuestiones que se encuentran en la base de la pirámide de Maslow decidí hace tiempo lanzarme a la espontaneidad de la inseguridad, de la anormalidad. Es posible que haya terminando adaptándome al medio y si este no me asegura razonablemente algunas de esas necesidades básicas no puedo permitir que mi vida pase sin que intente satisfacer aquellas más complejas, más difíciles y que chocan abiertamente con una vida rutinaria.
Recientemente ví una película argentina, “No sos vos, soy yo”, divertida y de eso que se denomina “de guión”, principalmente porque no matan a nadie, ni hay ni un puto efecto especial. El protagonista ha sido abandonado por su mujer y va al psiquiatra y este, en medio de algunas frases un tanto discutibles le dice: “la vida está llena de buenos momentos, que son pocos, de otros que son malos y que afortunadamente también son pocos, y luego están los normales, y estos son la gran mayoría”. Esa frase me hizo pensar, se me quedó grabada y quizás sea el origen de este post.
Posiblemente y aun a pesar de ser “animales de costumbres” terminamos de manera relativamente inconsciente huyendo de “la normalidad”, de la rutina, para zambullirnos en los misterios insondables de la anormalidad, de lo incontrolable, de aquello que es inesperado. Creo que quien se esconde en la normalidad termina sin saber si la vida mereció la pena del todo. No lo sé, tampoco me voy a poner de líder espiritual, ¡maradona me libre!
Sin saber gestionar bien la anormalidad prefiero vivir en su inesperado y sorprendente regazo a apoltronarme en la rutina de una vida sin riesgos.
Es posible que sea así porque nunca he dejado de soñar y quien sueña no se conforma, siempre quiere vivir algo más. No quiero matar mis sueños, como dijo alguien: “El primer síntoma de que estamos matando nuestros sueños es la falta de tiempo. El segundo síntoma de la muerte de nuestros sueños son nuestras certezas, y el tercero es la paz. La vida es una tarde de domingo, sin pedirnos cosas importantes y sin exigirnos más de lo que queremos dar…,pero en verdad, en lo íntimo de nuestro corazón sabemos que lo que ocurrió fue que renunciamos a luchar por nuestros sueños”
La vida es apasionante y si no sufres, si no tienes problemas nunca sabrás lo apasionante que es enfrentarlos y superarlos y eso de rutinario tiene lo que yo de alto y rubio.
“¿Nunca tuviste problemas?, unos cuantos, por suerte” (Un lugar en el mundo)
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