Las dos caras del alma

Tener una enfermedad es un problema para el que la tiene pero también para los que están cerca, pero mayor puede ser el problema cuando esa enfermedad tiene que ver con la mente y con el ánimo, con lo que conocemos como depresión que suele resultar incomprensible e irritante. Ser depresivo o tener tendencia a la depresión supone un engorro de tres pares de cojones (perdón por la expresión). Quien no lo es no termina de entenderlo y de aceptarlo porque suele pensar que un estado así se coge y se abandona por elección, que es como dejarse llevar, que uno puede decidir no deprimirse y conseguirlo siempre que se lo proponga y que si cae es porque, de alguna manera, le gusta mirarse el ombligo y regodearse en su propia tristeza. Ahí radica quizás el primer error de todos, una depresión no es una cuestión de tristeza, es más profundo, e incluso es un problema somático, el cuerpo se revuelve por lo que controlarlo es más difícil.

“Bueno tío, que cada uno tiene sus cositas así que ánimo que si los demás pueden tú también”…
¡jodido mensaje! Claro, lo fácil es aplicar la regla común para todo el mundo y como por lo general no nos gusta escuchar las penas de los demás, hacemos lo indecible por mirar a otro lado o por quitarle importancia, no sea que nos salpique.

Es evidente que cuando estás al lado de alguien que manifiesta un estado depresivo lo que no se debe hacer es animarle a que se deprima más pero casi que en estos casos se agradece más el silencio que las frases estereotipadas que se sueltan como muletillas para salir del paso.

Un depresivo por lo general no busca compasión, no quiere dar pena, en todo caso y llegando al extremo solo quiere que le dejen en paz, pero no es un querer voluntario ni buscado, es que no puede más y la depresión necesita de silencio, de soledad y de profunda introspección, llegando en mi caso al menos a la abstracción profunda.

Quien bien te quiere estará cerca para intervenir en caso de profunda desesperación pero si “quien bien te quiere” no puede con eso es mejor que no intente comprender ni soportar aquello que le supera porque le terminará haciendo daño. No ayuda quien quiere, sino quien puede y no todo el mundo, por mucho que te quiera puede con algo así. Sería un error atribuirse un poder que no tenemos, ni sobrevalorar nuestra resistencia ante aquello que no tiene razón ni control.

Y así estamos, con altos y bajos, con momentos felices y con otros más complicados, pero cuando la tristeza se hace crónica después de haber luchado, de haberte tratado médicamente, de haber puesto medios para vivir y buscar lo maravilloso de la vida, que por cierto, lo tiene, pero ves que estás apático, que las cosas te dan igual, que a veces lloras sin explicación ni razón aparente, que te sudan las manos, que se te duermen las extremidades y que un zumbido se pone en tu cabeza como si esta fuera a estallar, es entonces cuando te das cuenta que estás depresivo y que la historia se repite como si esta fuera una historia interminable. Luchar con ello y que no afecta a mi vida y a mi entorno es mi objetivo diario.Son las dos caras del alma, como una tragicomedia sin solución de continuidad, dos caras de una moneda que no pueden ocultarse.

A veces creo que esto solo lo puede soportar otro depresivo y otras veces creo que los que somos así estamos condenados a la soledad. ¿Quién puede entender y aceptar esto?, ni yo mismo lo entiendo y acepto porque nunca termino por resignarme. Una “cosita” muy “cosita” pulula invisible por mi ánimo y no me deja despegar, más allá de lo que puedo controlar, una cosita que me acompañará toda la vida.
Anuncios