La Tristeza

Cuando era pequeñito mi padre tenía la costumbre de contar chistes y hacer bromas de palabras. Una de esas era preguntarme si sabía qué era una brújula. Como es lógico mi respuesta de chaval era la obvia (nunca fui muy original), una brújula es eso que sirve para buscar el norte, y ya de paso los demás puntos cardinales. Pues bien, ahí es donde mi pillaba mi padre y me decía, “no hijo, una brújula es una señórula montádula en una escóbula”, y tras abrir los ojos esperando mi comprensión, soltaba lo de “bruja, es una bruja”, y risas para aquí y para allá. Pues más o menos es como yo definiría a la “Tristeza”, habitual compañera de viaje y puñetera donde las haya. Lo tiene todo de bruja que con su escoba busca con sus pócimas y embrujos, pillarme desprevenido como mi padre me tomaba el pelo dada mi tierna ignorancia y poseerme definitivamente.

Que soy un tipo con tendencia a la tristeza es un hecho, no me siento orgulloso de ello pero hace tiempo que me inundó, por distintas y varias razones que aparecen, desordenada y encriptadamente, en este blog, y cuesta que las sonrisas asomen espontáneamente sin control. No es que me haya terminado de dominar, pero está ahí, esperando, acechando en la penumbra con sus garras afiladas para intentar atraparme definitivamente, aunque siempre hay algo o alguien que me echa un cabo de sonrisas al que sujetarme para no terminar hundiéndome de manera definitiva.

A veces me pregunto si nací con la tendencia, si me educaron desde la óptica de la tristeza o si, simplemente, la vida me ha dejado tocado el corazón dejándolo bastante agrietado y medio hundido. Puede que esto último sea lo más próximo a la realidad aunque tampoco lo tengo del todo claro.

En cualquier caso y sea cual sea la razón, a mis años no me queda otra que aceptarme, entenderme y luchar día a día, a cada minuto, por sonreír y mirar ‘palante’ dejando que la vida cambie aunque solo sea un poquito por mi esfuerzo, por mis esperanzas y por mis sempiternos sueños. Porque la tristeza está ahí, mirándome, a veces con gesto cabreado por no terminar de dominarme y otras veces con gesto paciente, esperando mi momento de debilidad para entrar a dentelladas en mi corazón.

Pero lo que no sabe la muy hija de puta es que la tengo bastante controlada, que si algo odio es el regodeo en las penas, en las lágrimas secas, porque de las otras ya no me salen, y que poco puede hacer para inundarme hasta la asfixia. Ya lo dijo Gabinete, “querida tristeza, de ti me he enamorao, y ya he dejao de ser un pobre desgraciao, a tu lao, a tu lao”

Así que cuando viene la colega, nos sentamos tranquilamente a tomar café, la miro fíjamente a los ojos y mientras cree dominarme termino por esbozar la sonrisa de quien se siente triste pero nunca vencido.

¡Jódete cabrona! 

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