Sobre lo que no nos gusta pensar

En los últimos tiempos me vienen sensaciones desagradables que no puedo controlar. Debe ser la edad, siempre lo digo, uno va cumpliendo años y se da cuenta que ha vivido más tiempo del que probablemente le quede por vivir.

Quizás esa es la razón por la que a veces me siento en mi interior como si realmente estuviera viviendo los últimos segundos de mi vida. Pensar en la muerte es un asunto en el que la mayor parte de los seres humanos con dos dedos de frente no piensa y yo, tan vulgar como la mayoría, nunca tuve la costumbre de pensar en aquello que no pude controlar y que, por edad, debería estar muy lejos. La muerte como las meigas, existen pero cuanto más lejos mejor.

No obstante en estos tiempos de meditación y reflexión personal, sin querer, sin premeditación y tampoco con nocturnidad, aparecen como de la nada escalofríos nunca sentidos en el pasado, ni tan siquiera parecidos a aquellos tan duros y desgarradores del momento de la muerte de mi madre.

¿Por qué ahora?, ¿qué pasa por mi subconsciente para mirar, entre la frialdad y el desasosiego, directamente a los ojos de la muerte?. No lo sé, quizás porque me esté planteando que vivo en un momento crucial de mi vida, un momento en el que la expresión “ahora o nunca”, está cobrando más fuerza. Creo que ahora como nunca, el paso del tiempo es brutalmente rápido y que lo que deje para mañana es posible que pueda no hacerlo porque ya no quede tiempo. La rapidez en los cambios, la volatilidad de la vida, de las personas, de las creencias, de los sentimientos, la incapacidad de sujetar algo con vocación de durabilidad, sean posiblemente algunas de las razones que puedan llevarme a esos segundos de ultratumba,  momentos tristes y demasiado resignados.

No me gusta, no me gusta ni un poquito,  y estoy hasta los “mismísimos” de sufrir lo que no acontece. En la vida, solo se vive el presente, el futuro no existe y el pasado tampoco, a pesar de lastrarnos este de alguna manera en nuestro día a día. Mi futuro es el próximo segundo que voy a vivir, ni más ni menos y aspiro a disfrutarlo de la mejor manera que sé.

Cuando nos repetimos que “vida no hay más que una” probablemente estemos diciendo una de las mayores verdades de la historia del pensamiento humano. No hay más y si la hubiera, ese Dios tan distante e invisible que algunos afirman conocer, parece pasado olímpicamente en dejar siquiera algunas migas ciertas que den credibilidad a esa vaga esperanza.

Mientras tanto me uno a la mayoría, trabajo en lo que no me gusta, sin interés e ilusión, intento replantear mi vida social, personal y sentimental para saborear los mejores sabores de la vida, sin pensar en la imposible eternidad de sus consecuencias, el universo está sujeto a un constante cambio, excepto en una cosa, la muerte, esa cabrona nunca cambia. Pero mientras tanto, vivo, y esa afirmación ya es mucho, especialmente cuando en otros tiempos simplemente deambulaba. La vida merece la pena, en todos sus matices, colores y sabores. Pero aunque no me guste pensarlo, en ocasiones la muerte se posa en tu cabeza como un pájaro en busca de descanso, lo único que no le permito es que anide. Ya lo dijo el poeta: “La muerte es algo que no debemos temer, porque mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos”…¡vamos, tautología pura!

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