Enfocando

Ya me lo veía venir aunque borroso, pero lo veía venir. Los años pasan aunque nos duela como un desgarro en las partes pudendas y en mi caso, en fin, no voy a ser menos. Que si pierdes velocidad en los ejercicios físicos, que si una arruga por aquí, una lorza asomando impúdicamente en la linea de flotación, que si una cana en el pelo, tres en la barba y ya por fin, sin remedio ni solución, una de mis Numancias inconquistables terminó por ser derrocada. He presumido durante mucho tiempo de ello, de ser el único de la familia que no las usaba, manteniendo una mirada directa, yo diría que casi virgen, pero al final llegó, he terminado siendo un gafotas como cualquier hijo de vecino. Tengo “presbicia” que no es precisamente el nombre de una monja de clausura sino lo que en román paladino conocemos como vista cansada.

Me siento como si hubiesen conquistado mi último bastión de juventud, como si ya la resistencia hubiese tocado a su fin y que desde ahora la edad no solo irá reflejada a fuego en mi DNI, también los signos externos de mi físico hablaran por si solos y me delatarán allende los mares. En fin, como diría el bueno de Rick en Casablanca, “siempre nos quedará el pelo”…, digo París.

A mis 47 años he vuelto a experimentar cosas nuevas y aunque cansado por yo no sé qué historias de las putas células (hablaré con Punset sobre esto en cuanto pueda), no dejo de darme cuenta que no tengo vida suficiente para vivir todo lo que queda por vivir.

Sujetando mis estilosas gafas en mi peculiar nariz he vivido las tristes sensaciones de decir adiós a compañeros que han sufrido lo que yo sufrí en algunas ocasiones, el despido. ¡Vaya forma de estrenar mis gafas!. Hoy ha sido un día duro, pesado, lleno de sentimientos contradictorios pero con una pena y desazón que me desgarraban durante algunos segundos, para calmarme y sonreír por esa extraña sensación navideña que parece obligar a estar feliz aunque estés viviendo casi un martirio.

¡Qué bien me han venido mis gafas vintage!, ¿se escribe así?, bueno es que ahora se lleva el estilo de años atrás con cierto toque artístico y, en fin, con mis vidrios sobre la nariz he podido disimular algunos nudos en la garganta que se traducían en ojos de amargura.

He visto a compañeros consolando a otros, abrazados ante la triste noticia de su despido a causa de esta puta crisis económica que nos atenaza. Les acariciaban el brazo, les consoloban y francamente, aunque parecían sentidos y tristes, en algunos ojos se dejaban entrever el alivio de no haber sido ellos los despedidos. Y ahí estaba yo, presidente del Comité de Empresa, explicándoles qué podían hacer e intentando ofrecerles un consejo y un consuelo que se antojaba inútil y vacío.

La vida no deja de darme sorpresas, algunas amargas, otras hermosas y no sé, pero tengo la impresión que el próximo año voy a tener más sorpresas, algunas probablemente me dejarán sin respiración. Y ahora mejor que nunca haré caso de una frase que he tenido que buscar porque no sabía exactamente cómo era y que viene a decir:  “No desperdicies la oportunidad de utilizar distintas gafas para contemplar un mismo problema”. Hay que saber ver la vida a través de muchos cristales porque si no, perdemos la perspectiva. Mientras tanto mantendré mis gafas bien limpias para ver mejor lo que ocurre alrededor y, dicho sea de paso, no pegarme ningún castañazo contras alguna farola despistada.

Feliz Navidad.

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