Samuel

Me miraba a los ojos, parecía tranquilo y resignado. Le dije que tardaría cinco minutos y que le traería las fotocopias que necesitaba para presentárselas al abogado. Me dijo que fuera tranquilo, que esperaba sin ningún problema y volvió a darme las gracias por haberle escuchado. Abrí la puerta y me marché como no queriendo hacer ruido, ¡cuánto me hubiese gustado flotar en ese momento!

Cuando regresé estaba de pie, mirando por la ventana y colgado a su teléfono móvil. Pasaron unos segundos fríos y eternos en los que no hablaba, solo escuchaba y hacía algún débil movimiento con la cabeza, como asintiendo a las palabras de su interlocutor. De repente sonó su voz débil y entrecortada, no podía articular palabra alguna, intentaba aclararse la voz con una tos algo nerviosa pero nunca estridente, como no queriendo incomodar a nadie. Samuel siempre había sido un hombre tranquilo, nunca elevaba la voz y su trato fue siempre amable y delicado.

“No puedo más, me estoy viniendo abajo”…, fueron las palabras que me dejaron seco, mudo y con un nudo en la garganta que apareció casi instantáneamente. “No te preocupes Paulino, voy a terminar como siempre he sido, como un profesional”, decía mientras hablaba con su jefe. “No bajes, no puedo tomar café, me he venido abajo”, volvió a repetir un hombre de 56 años, con los ojos rojos y con una lágrima traicionera que delataba su nerviosismo y su profunda tristeza.

Colgó, me dijo que lo sentía, que no tenía porqué estar ahí aguantando todo eso y solo supe agarrarle del brazo  con el ánimo de que sintiera el calor de alguien que estaba a su lado. “No tienes por qué disculparte, puedo entender cómo te sientes”, le dije no sin saber que nada de lo que dijera valdría en ese momento para consolarle.

Hoy han despedido a Samuel, un hombre normal, trabajador, ¡buen trabajador!. Un hombre de 56 años que nunca había estado en el paro. Estaba desorientado, hundido, como si hubiera hincado las rodillas tras el aplastamiento de una losa de miedo y de incertidumbre. No supe qué hacer, ni que decir, le ofrecí mi mano con todo el cariño, le expliqué brevemente los trámites y le dí mi teléfono particular. “LLámame para cualquier duda y a cualquier hora del día, cuenta conmigo Samuel”

Apareció Paulino y se lo llevó a tomar café no sin antes darme las gracias por haberle escuchado. Pero Samuel está en la calle, sin trabajo, con 56 años y con un futuro cuanto menos, difícil de lidiar. Esta es la verdadera crisis, este es el verdadero drama de millones de personas a las que se les roba su dignidad. Se cerró la puerta y un nuevo drama comenzó a formar parte del pasado, como si estas letras parecieran dibujar solo una historia más para el olvido.

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