Sobre la insoportable levedad del ser

Hay días de difícil definición, no sé si son regulares, malos, muy malos o simplemente insoportables. Es algo tan indefinible que posiblemente se traduzca en una “insoportable levedad del ser”. Dudas, casi siempre dudas sobre el presente y sobre el futuro. Inestabilidad externa e interna. El mundo desequilibrado lo mires por donde lo mires no ofrece otra cosa sino incertidumbre y dificultades. Una sociedad moribunda como en la que nos desenvolvemos no invita a la tranquilidad. Es una sociedad avariciosa, solitaria, egoísta e independiente donde prima el yo por encima del tú, por encima de los demás, el bien privado por encima del bien público, se ha instaurado la filosofía del bien propio a costa del mal ajeno.

Con este ambiente solo puede destacar la soledad como principal enemiga y compañera de cualquiera que se deje llevar por la conciencia de lo que tiene a su alrededor. El mundo, como la vida misma, está lleno de paradojas, por un lado la capacidad del hombre para amar y hacer el bien, capacidad exclusiva del raciocinio humano por la cual el hombre puede sacar de su interior cualquier comportamiento altruista y desinteresado, siempre desde un punto de vista racional. Por el contrario, encontramos al ser humano destructivo, avaro, sin corazón. Desgraciadamente parece que en el mundo se van imponiendo los últimos. Alguien decía no hace mucho, creo que lo leí en un artículo de prensa, respecto a un estudio sobre los psicópatas, que las élites mundiales en gobiernos y empresas,  estaban dominadas por personas con dotes privilegiadas para explotar al mundo en su propio beneficio,  son personas dominadas por comportamientos psicopáticos. Personas que habían desarrollado unos comportamientos egocéntricos, sin alma ni moral alguna, mentirosos casi compulsivos y destinados a conseguir sus objetivos personales a costa de cualquier cosa. Esto y un criminal viene a ser lo mismo.

Se me hace insoportable, en ocasiones no tengo el más mínimo ánimo para abrigar ilusión porque siento que no encajo en este mundo. Ya sé que esto que escribo me supondrá un desgaste personal, los que me quieren no aceptan que no me sienta parte de este mundo porque, entre otras cosas, ellos están en este mundo, como yo, y decir que no me siento parte de esto es como excluirles de mi o “agruparles” con aquello con lo que no encajo. Nada más lejos de mi intención pero mi mecanismo va por sí solo, no encaja con demasiadas cosas, en mi corazón se aferran como telarañas enraizadas los hilos de mi propia soledad.

Nacemos no para ser felices, sino para soportar, y hay muchos momentos que se convierte en algo insoportable.

Desde hace años he comprendido lo necesaria que era la individualidad para mi supervivencia. Ya no puedo depender de otros como me ha ocurrido durante años porque cuando esos otros han girado en sus vidas, siempre me ha pillado a contrapié y me ha dejado en un estado de debilidad que, en algún caso, ha estado a punto de acabar conmigo. Llamémoslo exceso de proteccionismo, o desconfianza, o precaución exagerada, no sé, creo que cualquiera de las frases sirve para definirlo. Pero cuando hablo de individualidad no es aquella que al principio de esta reflexión indicaba como mal endémico de nuestra sociedad, me refiero a la necesidad de vivir por mi mismo sin que mi vida dependa de lo que otros hagan o sientan, creo que ahí radica la clave de mi supervivencia personal y desde esa premisa sé que puedo soportar lo que en ocasiones se torna en una insufrible, fastidiosa,  pesada e insoportable levedad del ser.


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