Sin respiración

Pequeñas cosas que no se olvidan nunca

Hay mañanas que da gusto levantarse, no sé si será porque he descansado bien, otras veces lo he hecho y me ha dado el mismo asco que tantas veces, o si será porque mi cerebro percibe algún olor, color o ‘vetetuasaber’ que provoca optimismo, ganas de vivir y una sonrisa interior de oreja a oreja.

Tengo que decir, en mi debe, que esto no suele ser muy habitual en mí pero precisamente por eso quiero escribirlo para que releyéndolo de vez en cuando, me acuerde de esos momentos tan especiales al levantarme de la cama.

En esos días, y no sé cuál será la razón, solo percibo los buenos olores. Salgo a la calle y una fragancia a parque mojado me llena todos los poros de la piel. La luz del sol incipiente me parece indescriptiblemente bella, el sonido de la radio cuando entro en el coche me acompaña como si estuviera de agradable tertulia con mis amigos, aunque escuchando sobre la crisis es fácil joder la mañana, pero aún así.

¿Qué será que a veces el mundo te parece distinto y por lo tanto maravilloso? Ni idea pero si lo supiera trabajaría diariamente para levantarme con ese optimismo que me quita como 20 años de encima.

En días así soy capaz hasta de centrarme en detalles tan románticos y pueriles como el vuelo de un pajarillo(supermega romántico ¿que no?), el gato que se pasea altivo por la acera del garaje, los pétalos de las rosas plantadas en el parque frente a mi casa y que huelen que enamoran, el perro de la vecina que echa su pis mañanero tan ufano y fanfarrón como si dijera “mira que chorro tan espectacular y qué excelentes feromonas desprendo” Y raro es el día que cuando me levanto con estas pilas cósmicas que me dan una energía vital de inenarrable definición, no vengan a mi cabeza las notas de  la canción de Joan  Manuel Serrat, “aquellas pequeñas cosas”… que nos dejó un tiempo de rosas… que el viento arrastra allá o aquí… y nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve.

¡Ojalá la mayor parte de nuestros días fueran un cúmulo de pequeñas cosas que nos hicieran sonreír! No harían falta grandilocuencias, ni sucesos especiales, solo algo tan simple como una mirada dulce, el viento en nuestra cara, el sabor del primer café o esa porra tan magnífica que me desayuno de vez en cuando antes de entrar a trabajar.

Tendemos a medir la vida por los sucesos importantes que nos pasan, no sé, amores de película, casas, trabajo, coches, viajes, aventuras, etc, pero nos olvidamos que lo normal en la vida es nuestra rutina diara, la cual ocupa el 99% de nuestro tiempo  para nuestra desgracia, y que cuando realmente la vida pasa a ser un momento especial es cuando algo o alguien nos hace sentirnos profundamente bien. Deberíamos saber valorar la vida de otra manera, no estar tan pendiente de asuntos superficiales y mediocres, no pensar solo en las amarguras que nos rodean, pero no es fácil, es más, no es lo habitual. En cualquier caso, solo hace falta echar una mirada hacia atrás para darse cuenta de cuanta razón llevaba el cómico y actor George Carlin cuando decía “La vida no se mide por el número de veces que respiramos, sino por el número de instantes que nos dejan sin respiración” Serán muchos o pocos, me temo que lo segundo, pero son los únicos que merecen la pena.

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