A day at the office

Que si me enrollo mucho, que si últimamente solo hablo de crisis o estafas, que vienen a ser sinónimos en estos tiempos. Que si penas, que si tristezas, que si gaitas…, en fin, está claro que el cerebro suele armarse de ideas a través de la información que recibe y, francamente, ¡qué asedio con la crisis!

Hoy por ejemplo leo en la Prensa que una multitudinaria manifestación de jóvenes en México grita contra la terrible manipulación de los medios de comunicación. En USA el movimiento Ocuppy Wall Street y en España el movimiento 15M parecen indicar que algo se está cociendo. Italia, Francia y un largo etcétera también, aunque con menos peso. En cualquier caso el mundo gira en torno a estos temas y mi cabeza llega un momento que se atasca.

Al llegar esta mañana a la oficina he vuelto a percibir lo que tantas veces percibo y no acierto a describir, la normalidad de las vidas de las personas que intentan vivir ajenas a las perversidades y veleidades del mundo que nos rodea. Creo que es una señal casi instintiva de supervivencia puesto que muy poco podemos hacer por cambiar el mundo a nuestro alrededor, en todo caso y como mencionaba en un post anterior, podemos luchar por nuestro entorno más próximo, nuestro pequeño y humilde micromundo.

Ya va haciendo calorcito y cuando entras a la oficina un jueves el ambiente de calor y de espacio cerrado se mete por las narices como el pedo de un gorila con diarrea, vamos, que apesta. A los pocos minutos comienza el desfile, llega Fulano de Logística, un tipo callado, muy formal y silencioso, nunca se mezcla en conversaciones de opinión no sea que eso pueda perjudicarle de algún modo. Después Mengano, también de logística, joven, dicharachero, sonriente y con un optimismo ignorante del que da gusto contagiarse, (con lo feliz que es uno cuando ignora la realidad), ni que decir tiene que es con quien tomo café a primera hora. Casi de seguido entra La Mari, la interventora del PP y miembro del Comité de Empresa por Comisiones Obreras, en fin, con esto creo que está todo dicho. Lo peor es que cuando deja el bolso levanta el radar para ver en qué conversación mete la oreja o en qué pantalla de ordenador puede incrustar su cabeza y así cotillear los correos del vecino.

Continúa el desfile de los más perezosos unos minutos después. Caras de sueño, algunas de asco, otras de nada, especialmente los tíos que como es conocido solemos adentrarnos en nuestra particular caja de la nada en la cual gozamos de la paz más absoluta puesto que estamos en  el momento de encefalograma plano.

Te sientas con un movimiento de descoordinación absoluta, doblando una rodilla y la otra no, poniendo el culo en pompa como dejándolo casi a su suerte en la búsqueda de la incómoda silla llena de lamparones y de color inenarrable que nos acoja durante la larga y tediosa jornada laboral. Enciendes el ordenador que tarda una eternidad y media en cargar todo y piensas, ¡ojalá se joda y no pueda trabajar en todo el día! Arrancas el correo y encuentras docenas de mails no leídos que te empujan casi con violencia a hacer el primer paréntesis para ver de dónde coño uno saca fuerzas y ánimo para comenzar a leer todas esas cosas que te importan ‘ná y menos’

Y el día comienza a ser vivido, casi desperdiciado en su mayor parte del tiempo porque si hay algo que realmente amarga la existencia de cualquier hijo de vecino es estar haciendo algo mientras nuestra imaginación vuela en otras cosas.

Claro, que los que no tienen curro…, en fin, no sigo, que me enrollo. Es como dice un compañero cuando intenta analizar las cosas: “si es que esto es como todo y estamos en lo de siempre”. No sé yo qué será ese todo que es como esto y qué supone estar en lo de siempre, pero lo mismo tiene que ver con el puñetero y rutinario hastío de nuestro particular A day at the office”

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