Los viejos fantasmas nunca duermen

Los viejos fantasmas nunca duermen. Son pertinaces, no descansan y suelen estar atentos, agazapados, a la espera de cualquier momento de debilidad para quebrar tu voluntad y reducir el ánimo.

Siempre están ahí, aparecen cuando menos lo espero, es imposible evitarlo,  ellos no tienen una nariz roja de payaso ni saben reír, solo aparecen para recordarte tus locuras, tus temores, tus visiones, tus deseos frustrados, tus viejas pajas mentales que tanto daño te hicieron y por las que tanto luchaste para terminar medio moribundo en un sofá de un cuarto oscuro.

Solo eran voces al otro lado del mundo, voces, nada más que voces… y sufrimiento, impotencia y un miedo aterrador a la muerte y a la pérdida del último sueño, de la última posibilidad de ser yo mismo. Voces de promesas, voces de esperanza, voces de locura y razón mezcladas, voces de un cuento de hadas que se sumió en un profundo dolor de realidad cruda con intenso olor a mentira o a medias verdades, con palabras vacías sin dirección ni sentido.

No puedo dormir y cuando esto me ocurre dos días seguidos los espectros se avalanzan sobre mi como si fueran a despedazarme. Los controlo, los mantengo a una distancia prudencial para que no terminen sumiéndome en la desesperación pero cuando me debilito más de la cuenta vuelven los temblores, los sudores fríos, las pesadillas y no puedo dormir.

Son mis fantasmas del pasado, son mis demonios de los mares más tenebrosos, permitiéndome navegar hacia el futuro con aparejos del pasado.

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