Las ecuaciones del amor

Escuchaba no hace mucho un relato breve de Jorge Bucay sobre el amor. Todos en nuestra ignorancia pero a su vez, en nuestra emocionante adolescencia, creemos en un amor que “lo supera todo”, que espera siempre y que soporta todas las adversidades. Como sonido está muy bien, no obstante y aquí viene el “pero”, la variable que existe siempre en esta ecuación es que hay una “x” y una “y”, como en todas las ecuaciones, es decir, que depende de dos. Hasta aquí el único símil con las matemáticas, a partir de este momento las cuentas no tienen por qué cuadrar y el resultado será uno o el contario dependiendo de esas variables.

El cuento de Jorge Bucay contaba la historia de una princesa que quería casarse pero para eso debería elegir al hombre que realmente la amara. Su padre congregó a multitud de pretendientes a las puertas de la muralla del castillo para que con su perseverancia demostraran cuánto amaban a la princesa. La prueba consistía en esperar un año en las murallas. En cuanto llegaron los primeros fríos, más de la mitad de los cientos de pretendientes se fueron, luego llegó el calor y otros tantos se marcharon no pudiendo resistir a la intemperie. Quedaban muy pocos, entre ellos llamó la atención a la princesa un joven que aguantaba pertinaz en la calle contra todas las inclemencias del tiempo. Finalmente quedó él solo y la princesa le dijo al Padre que por fin había encontrado al hombre de su vida. El joven había aguantado 365 días y 364 noches y cuando ya solo quedaba por pasar la última, el muchacho recogió sus cosas y se marchó. Después de todo ese tiempo, en el último momento se fue, dejando aquello por lo que tanto había luchado justo cuando ya lo tenía al alcance de la mano.

Cuando su madre lo vio le preguntó qué había ocurrido, cómo después de aguantar 365 días y 364 noches no había podido aguantar la última noche y así obtener el amor de su princesa. Él la respondió: “sé que la princesa me había visto, que se había fijado en mí, que habló a su padre de mí, que le tocó en su corazón que estuviera allí pero aún siendo así no fue capaz de evitarme una sola noche de sufrimiento, no puedo entregar mi amor a quien no fue capaz de evitarme al menos un poco de dolor”

¡Cuán inescrutables, cuán insondables son los caminos del amor! Pero qué paradoja se da en este sencillo cuento, el amor puede llegar a ser sacrificado y a la vez cruel. El amor aguanta hasta límites insospechados pero puede terminar reventando. Noches y noches de dolor, años yendo más allá de tus fuerzas hasta que comprendes que la otra variable de la ecuación, pudiendo evitarte más dolor, no lo hace. Solemos pensar que en el amor el muelle puede mantenerse apretado, constreñido y obligado toda la eternidad pero cuando pudiendo evitar al otro un poco de dolor no lo hacemos, el muelle salta y es impredecible el lugar donde puede caer. Como siempre las variables afectan el resultado final de la ecuación y como decía aquel, cada uno es de su padre y de su madre por lo que buscar el alma gemela en el otro suele estar muy cerca de la quimera.

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