El refugio de las letras

Cuando no sabes muy bien sobre qué escribir lo más prudente sería no darle a la tecla porque para decir tonterías mejor estar calladito, pero en los últimos años cuando he atravesado por el mar del encefalograma plano, una extraña sensación de “mono literario” me sacude, únicamente escribiendo consigo tranquilizar mi espíritu inquieto. ¿Escribir sobre qué?, quizás esta no sea la pregunta, ¿escribir para qué? o como le preguntó una chica a un amigo cuando este quiso invitarla a tomar un café, ¿con qué objeto?. Si el objeto de mi amigo era claro, ligarse a la gachí  que estaba como un queso, en mi caso el objeto es simple y llanamente el desahogo de los sentidos, la necesidad imperiosa de hablarme y de poner en palabras escritas sensaciones, ideas, miedos, sueños, desahogos y también recuerdos.

Como decía, llevo semanas de encefalograma plano, es posible que una razón sea la saturación de información económica sobre la crisis, tema que me tiene muy preocupado y con el corazón en un constante estado de alerta sin saber muy bien para qué, porque si yo pudiera evitar algo o tan solo pudiera concienciar a las masas narcotizadas por los poderosos, entendería tanta alarma, pero no, no puedo hacer nada del otro mundo, salvo comunicar a mis próximos todo lo que he averiguado sobre la verdad de esta estafa que nos tiene amargados.

Si al cerebro solo le ofrezco información de un único tipo es imposible que pueda ampliar mis aventuras literarias como, por otra parte, hacía en tiempos pasados. Todavía me acuerdo del momento, de los nervios que pasé cuando hace ya varios años, dí al “enter” de mi ordenador y publiqué por primera vez un post abierto a cualquier despistado que llegara a mi blog. Y aquí estamos, después de cuatro blogs, con más de 500 posts escritos e incluso con amistades nuevas realizadas a través del mundo de las letras.

Hace tiempo me refugié en mi mundo virtual, un mundo en el que me siento absolutamente libre y en el que puedo sentir un poco más cerca la libertad de mis sentidos. Lloro cuando tengo que llorar, sin ningún disimulo, sonrío sin miedo al ridículo y sobrevivo cuando no sé ir más allá de lo simple y banal, sin apariencias, sin pretender quedar bien o mal, simplemente libre.

A veces me preguntó qué sentirá la hoja de un árbol cuando es mecida por los vaivenes caprichosos del viento y creo que sé cómo se siente si pudiera sentir, se siente como yo, yendo y viniendo, disfrutando de la suave caricia del viento que me empuja siempre a mirar al cielo para verlo lleno de estrellas, las estrellas que siempre caminaron conmigo, por muy apagadas y lejanas que estas puedan parecer. 

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