Lo que no mata engorda

No, no estoy haciendo ninguna dieta aunque quizás debería matizar esto un poco. Hace tiempo que tengo que reconocer que comer no es exclusivamente un placer. Comer se ha convertido también en un cargo de conciencia, en una duda, en un asunto de salud.

¡Qué tiempos aquellos en los que no reparaba en nada a la hora de comer! ¿Me gustaba? Me lo zampaba y punto, ¿Qué no tenía hambre pero aún quedaba media tortilla de patata en el plato, extendiendo esta sus brazos concupiscentes hacia mí y rodeándome la barriga con ardoroso furor? Pues me la comía sin ningún cargo de conciencia y sin ningún pudor, además de la desvergüenza de quien no deja ni una cuña para otro.

Ahora veo una tortilla de patata, mi gran debilidad, y ya no la observo en términos de lascivia absoluta, ahora la mido y le calculo las calorías y la cantidad de sal y ¡me cago en todo lo que se menea!, es un sin vivir, no es justo, es un sufrimiento terrible,¡ de verdad!, ¡estoy consternado! Si además del curro de mala muerte que tengo, del PP, de la crisis, del paro, del puñetero Barça que nos saca 8 puntos, además de la mofa que tengo que aguantar de los colchoneros, del precio de la bolsa de la compra, sí además de todo eso, tengo que estar midiendo lo que como, en fin, esto no es vida ¡coño!

 Ahora miro la comida con recelo, que si la puta barriga no baja ni a la de tres, que si tengo que cuidar el colesterol, que si cuidadito con la sal porque retengo líquidos y se me pone una cara de pan que ni la calabaza del un, dos, tres…, ¿se puede vivir sin libertinajes gastronómicos? ¡Hombre por dios! Que esto no es vida, es un suplicio, ¿qué he hecho yo para ser perseguido por esta aureola de amargura?

El peso es otra de las cuestiones que, de un tiempo a esta parte, me han comenzado a preocupar. Es tremendo cómo y con qué facilidad un fruto seco de más, una hamburguesa inesperada, una aceitunita imprevista e insignificante, te hace pillar un kilo de más en un periquete, así, como quien no quiere la cosa.

¡Qué suplicio! ¿Por qué será que todo lo que más me gusta es lo que más engorda?, es justo lo que no mata pero engruesa, robustece, arrecia y encarnece el turgente y sobresaliente mondongo. Es aquello que no estaría en los restaurantes de lujo, ni en las cartas más exclusivas de la alta cocina, o sí,  pero que tiene un gusto a pueblo, a infancia y a vida que brincan chispas en el paladar cuando te lo embuchas. Huevos, patatas, fabada, potaje, chorizo, morcillita, pizzas, hamburguesas, los kebap tan estupendos y enorrrmes…, la fritanga indispensable para tener una dosis de buen humor y las potencias necesarias para echar un…, en fin, pecado y más pecado tras comer sin control.

Estoy llegando a esa etapa de mi vida donde la palabra “cuidarse” empieza a tomar un significado y un protagonismo que escuece y amarga. ¡Que se cuide tu puta madre!…pienso tantas veces cuando algún listillo/a me lo recuerda. Y digo yo ¿qué culpa tendrá la pobre madre de haber engendrado a un tonto del culo?, en fin, que esto es como todo y estamos en lo de siempre y mientras me como este choricillo grasiento me desahogo con estas letras, que es lo único que además de no matar, no engorda, creo.

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