Pobres para siempre

Ahora resulta que todos somos solidarios, si es que va a ser cierto aquello de que las apariencias engañan. Escuchando desde lejos e irremediablemente, por el tono de voz, una conversación en la máquina del café de unos compañeros de trabajo, comentaban lo importante que era pensar en aquellos que no tienen nada en las navidades. Decían que si todos nos propusiéramos hacer un poquito, esos poquitos sumarían un mucho (no lo dijeron así, pero queda guay explicarlo de esta manera ¿no?)

Una compañera mencionaba que a ella le daba mucha pena en las navidades saber que había muchos niños que no tenía juguetes y que ella, por esas fechas, arramplaba con los juguetes viejos que le sobraban a su hija y los llevaba a una ONG. ¡Olé sus ovarios! Pues claro que sí, pensé.

Un compañero le hablaba sobre no sé qué de apadrinar un niño, acción loable no cabe duda, lo que pasa que el tipo entre tanto “tío, tío” y “eeeh, eeeh”, muletillas a tutiplén, fue incapaz de explicar de manera digna si él lo apadrinaba o si era el primo de su tío, tío, tío.

Curiosamente en el sarao tertuliano cafetero estaban los mismos que otras veces, cuando les hablas de los recortes, de los desahucios, de los despidos, de la corrupción etc, callan, miran a otro lado y en todo caso esbozan un murmullo de “a ver, es lo que nos ha tocado”

Basta con decir que es importante manifestarse en contra de esta estafa para que el pasotismo ilustrado haga acto de presencia y se apodere del ambiente. Tengo la impresión que una mayoría piensa que es mejor esperar quietos, con la cabeza agachada a que esto amaine y vuelva a ser como antes y no, no volverá a ser como antes, al menos, no si no hacemos algo.

No lo entiendo, parece que nos va más el rollo caritativo tipo beneficencia que el de exigir nuestros derechos y el de luchar contra aquello que es el origen de la pobreza y de la existencia de niños que no tienen juguetes en Navidad. Parece como si nos creyéramos todas las patrañas que se cuentan en los medios mayoritariamente de derechas de este país y pensáramos que nos merecemos los recortes, que los desahuciados son poco menos que unos pendejos que vivieron por encima de sus posibilidades y que los parados, los indignados y los jóvenes son básicamente unos vagos.

La doctrina vigente que entre otras cosas quiere que seamos mansas ovejitas obedientes al sistema, no deja de enviarnos mensajes de que “no sirve de nada manifestarse y protestar” y cala en la gente, quizás por eso, por la necesidad de aquellos más conscientes de hacer algo, piensan en la caridad como vía de creerse que algo están haciendo, aunque solo sea un mísero parche en medio de una enorme hemorragia.

Vivimos en un sistema que oficializa la existencia de la categoría “pobre”, es decir, que como siempre han existido debemos aceptar que continúan existiendo y que nuestra labor caritativa sirve para paliar en alguna medida su estado y ya de paso, nuestras conciencias.

Es la ideología neoliberal y conservadora que lleva décadas vendiéndonos la moto de la cultura del esfuerzo, de que no tenemos que subvencionar a los que fracasan con el argumento de que no se han esforzado lo suficiente. Es la cultura de castas, de clases superiores, de justicia dura y represiva para los pobres e impunidad para los ricos y poderosos. Es la cultura de la concentración de la riqueza en unos pocos mientras casi todos o somos pobres o nos encaminamos a ello. Es la ideología que necesita de los pobres para sentirse de una casta superior. Los necesitan y los crean.

Y así andamos, ofreciendo caridad. Me pregunto qué pensarán los pobres de nosotros cuando día tras día comprueban que muy pocos se mojan lo más mínimo por acabar con esta terrible y desgarradora injusticia. ¿Qué pensaríamos si fuéramos nosotros los que necesitáramos de la caridad de otros para poder vivir?

En fin, el pan nuestro de cada día, muy duro este pan por cierto.

¿Una limosnita por caridad?, bueno, yo aún todavía no soy pobre de pedir pero “con la que está cayendo”, todo se andará.

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