A vivir, que son dos días

Tenemos el deber de vivir la vida pero cómo vivirla, eso es ya otro tema, aunque cuando digo “deber de vivir” siempre me pregunto qué o quién me obliga a vivir. No es Dios porque si existe, cosa que dudo cada vez más, debe estar muy ocupado expandiendo el universo a unos cuantos millones de años luz. Tampoco es mi padre, no está como para obligar ni a un pollo a huir cagándose por la pata abajo. Esto es una cuestión de obligarse uno así mismo, ¡que no queda otra!, uno se obliga aunque a veces no tenga ganas porque solo hay una vida que vivir, por lo menos hasta donde llegan mis cortas entendederas. ‘Vayaustéasaber’ si existe algo en el más allá y resulta que tanto entristecernos por morirnos y luego nos llevan a un paraíso con diez vírgenes espectaculares y con clara afición al sexo, que te tienen toda la eternidad con un ‘dalequetepego’ que ni ‘paqué’.

Me agoto de pensarlo y si sigo lo mismo además de agotarme se me estira algún músculo. No sé, los filósofos, los sabios, los que leen mucho y entienden un montón de la vida dicen que hay que vivirla intensamente, no tanto para hacer que la vida sea muy larga, que tampoco le vamos a hacer ascos si llegamos con buena salud, sino por el hecho de vivir esos momentos tan especiales que nos dejan sin respiración.

No valgo para vegetar aunque pueda parecerlo, necesito experimentar, probar, comprometerme por aquello que merece la pena, al menos desde mi humilde punto de vista. Mucha gente a lo largo de la historia dejó una vida cómoda y contemplativa para comprometerse con el mundo que les tocó vivir y nosotros ¿qué hacemos? En fin, tampoco voy a ser yo quien dé lecciones a nadie, ¡acabáramos! pero cuánto les admiro, gente así puede cambiar el mundo.

¿Cómo hacerlo?, quizás para esto sirva una sencilla ilustración aunque alargue sobremanera este post.

“Un asesor en gestión de tiempo colocó un frasco grande junto a unas piedras del tamaño de un huevo y preguntó a quienes le escuchaban ¿cuántas pensáis que pueden caber?

Tras el debate comenzó a meter piedras hasta que llegó hasta arriba del frasco y preguntó, ¿está lleno?. Todos dijeron que sí pero inmediatamente cogió una bolsa con grava y comenzó a echarla en el frasco. Esta se fue colando entre las piedras grandes, rellenando huecos y volvió a preguntar, ¿Ahora está lleno? a lo que la mayoría ya dijo que no. No obstante el asesor sacó de nuevo una bolsa de arena fina y repitió la operación. La arena se fue colando por los recovecos hasta arriba. Nuevamente preguntó: ¿Está lleno?. Los oyentes algo escarmentados dijeron que no.

El asesor, ni corto ni perezoso cogió ahora una jarra de agua y comenzó a echarla en el frasco, cuando aún no había llegado hasta arriba preguntó: ¿Que podemos concluir con esto?. Algún listillo , de estos que creían que iban a dar la respuesta genial dijo que demostraba que por muy apretada que estuviera nuestra agenda, siempre podríamos hacer algo más.

El gestor sonrió y le dijo: “pues no, más bien enseña que si no colocas primero las piedras grandes, después ya no podrás hacerlo. ¿Cuáles son las piedras más grandes en tu vida?, pues colócalas primero y el resto, lo menos importante, encontrará su lugar. Ahora vive y deja de soñar la vida”

Y en ese esfuerzo estamos, como tantos millones a lo largo de la historia, soy uno más de esos seres que pasan sin pena nin gloria para el resto pero que tiene una vida por vivir y no me parece recomendable tirarla por el vertedero de la espera, del ombligo contemplado y de la pasividad.

Hoy es un nuevo día, uno más pero quizás podría ser el último, tengo que aprovecharlo por eso a vivir, que son dos días, o tres, pero no muchos más.

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