Good bye Valdemoro

Imagen

Las cosas pasan cuando tienen que pasar, es decir, cuando menos lo planificas y cuando menos lo esperas, y es que sigo insistiendo en mi frase de mesilla, “la vida es aquello que nos sucede mientras la planeamos” y no me cabe la menor duda que es así.

Han sido 11 años de creerme propietario, pagando religiosamente una hipoteca que me tenía endeudado, cargado y empeñado hasta las cejas y que, con la crisis actual, me dejaba un corto margen de supervivencia.

Me resistía a perder mi cuartel general, aquel en el que viví muchos sueños y en el que también desperté con terribles pesadillas, un lugar que me aislaba del mundo y lo que fue más peligroso, que me arrinconaba hasta de mi propia existencia, deambulando entre voces y sombras, regando sueños de plástico que jamás ofrecieron ningún olor.

Good bye Valdemoro, good bye para siempre porque pudiste ser y no fuiste nada, más tristeza que alegría, más soledad que compañía, más miedos que corajes, más distancia que cercanía.

No quiero ser injusto, allí aprendí a masticar lentamente la amargura, a pintar con pinceladas de desaliento las lecciones del pasado y las luces apagadas del presente, y por negativo y feo que pueda parecer, fue una lección magistral y muy bien aprendida. Valdemoro no fue el problema, solo el escenario, el problema fui yo y mis circunstancias, cocinándolas en un lugar apartado que nunca ayudó a despertar a la vida.

Pero tuviste que llegar tú, sí, tú, terremoto de la vida, rayos y truenos de miradas hacia adelante y que me sacaron poco a poco, no podía ser de otra manera siendo yo, de una caverna más parecida al gehena que al monte Sinaí.

Y comencé a vivir, que no a olvidar, y reanudé mi camino por una senda incierta pero de la mano contigo, ¡y eso me gustó! Sé que me puedo caer en cualquier momento aunque sienta las piernas fuertes, pero no pienso arrastrarte si eso ocurriera. No obstante como sabes latín más que el propio Cicerón me dibujaste de nuevo aquel sueño que tenía olvidado y que me proporciona el ancla para intentar seguir de pie con mayores garantías, ya no me quiero perder en más cruces de palabras, ni seguir cayendo en el eterno abismo de la indefinición, quiero ser un poquito más yo y no solo una idea proyectada sobre una pared en Valdemoro, tú has sido la mujer que obró el milagro. Y luego vino él,  la mejor dádiva que un hombre pueda soñar, un proyecto de a dos que no encadena pero que pega mejor que el cemento. Llegó con tres kilos y medio de amor y 50 centímetros de esperanza y ahí estamos los tres, navegando con los ojos mirando hacia delante, con el ombligo bien cubierto y con la ilusión de su sonrisa y de sus palabras. Él fue el espaldarazo final, el empujón definitivo que cerraba la puerta de la espera eterna, del silencio constante, del desaliento más profundo y aunque la puerta seguirá siempre ahí, a mi espalda y hasta el final de mis días, ya pude gritar con ilusión y esperanza “good bye Valdemoro” y hasta siempre.

Anuncios