Media hostia de vida

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Llegar a los 50 años supone un antes y un después. Un “antes” de cumplir 51 y un “después” de cumplir 49, ni más ni menos, pero sobra decir que la cifra es redondita donde las haya. 50 es la mitad de todo, sí, porque si 10 tiene un significado en la numerología de plenitud y completo y 5 es la mitad de lo completo, 100 debe ser ya la hostia y 50 es precisamente, la mitad de esa hostia, por lo que no parece nada desdeñable hacer un pequeño homenaje a la media hostia que llevo de vida.

Decían que si la crisis de los 40 y todo eso, ¡mentira! Cuando cumplí 40 no sentí nada especial, ni para mal ni para bien, en todo caso alguna canilla comenzó a asomar por mi melena al viento, pero ni anímica ni tampoco físicamente sentí diferencia alguna. Pero estos 50, ¡ay madre! estos 50 sí que se notan. Ahora me siento más guapo, más interesante, más listo, más sabio, más agudo, más…, en fin, más chiflado y descerebrado que cuando me iniciaba en el noble arte del flirteo, oficio en el que los varones en mis tiempos hacíamos el ridículo de manera espantosa. Como podéis apreciar por mis sabias reflexiones, el tiempo de maduración dura lo que dura la vida, y al menos en mi particular caso parece deducirse que la crisis de los 50 se expresa en una subida de adrenalina y de autoestima que raya lo paranoico.

¡Qué leches! Para eso estáis vosotros, mis amigos  y conocidos, para que me bajéis de la nube un día sí y otro también. De todas formas si sois indulgentes y pensáis que es mejor que viva en la inopia, ya se encargará la vida de ponerme en mi sitio y de recordarme dónde estoy y cómo he llegado. ¡Ya lo creo que se está encargando!

Estoy dispuesto a recibir todos los piropos que estiméis más oportunos y si en vuestra mano no está el don de la palabra, escrita o hablada, no os preocupéis, podéis hacerme un regalo a modo de dádiva o presente por el que expresar vuestro aprecio profundo y sincero por tan experimentado amigo.

Como cantaba el tango, las nieves del tiempo comienzan a blanquear mi sien, pero son nieves de ilusión renovada, de paciencia y de mayor conocimiento de mi propia realidad, dicho esto, ¡bienvenidas sean las nieves! Por algo el dicho popular “año de nieves, año de bienes”.

La vida hasta aquí ha sido larga según se mire, pero tengo que reconocer aunque me duela dar la razón a los que llevan décadas recordándomelo, que la vida es un puñetero suspiro, que cuando te centras en ti mismo, cuando solo piensas en tus problemas y dejas de ver el mundo que hay a tu alrededor, se te ha escapado y no has tenido tiempo nada más que de mirarte al ombligo. La vida ofrece demasiadas cosas como para andarse con muchas dudas, más bien deberíamos vivir varias vidas distintas para comprender mejor la realidad que nos rodea. No me refiero a vivir 300 años, ¡ojalá!, me refiero a vivir varios tipos de vida porque son muchas cosas las que nos perdemos y mucho el tiempo que malgastamos. ¿Será ley de vida?, ¿será que no escarmentamos en cabeza ajena ni aunque cien años dure?, ¿será culpa de Zapatero, como todo? Ya lo cantaba mi respetado Sabina… (pinchad y escuchad, merece la pena)

Una de las lecciones más difíciles de aprender pero que con los años voy asumiendo con cierto grado de doctorado es “la empatía”, eso que definió un antiguo amigo como “ponerse en las zapatillas de la otra persona” y que en mi corta o larga vida, según se mire, casi nadie domina. Es más, creo que si alguien quiere ser recordado como bueno tiene que ser empático de manera notable porque si no, no serás malo, pero como me dijo un buen hombre: “pero bueno tampoco”. Que conste que no estoy estudiando para ser recordado, dios me libre de tal memez.

Yo elijo la empatía como enseñanza vital en mis cincuenta años de vida por varias razones, por su escasez, es difícil encontrarla allá donde uno mira, porque me cuesta mucho aprenderla, son muchos años de concienciación y de recaídas, por su hermosura, no hay nada más difícil y más sublime que comprender por qué alguien hace o deja de  hacer, dice o deja de decir, siente o deja de sentir. Cuando conseguimos esa percepción pasamos a la comprensión y a la aceptación de los demás por lo que son y no por lo que queremos que sean. La empatía no juzga, solo analiza la razón de un comportamiento, los antecedentes y las circunstancias que marcan un carácter o una forma de ser y nos hace actuar con justa comprensión, sin recurrir a la caridad o a la santa paciencia, virtudes que, lejos de serlo, se asemejan más bien al parche de la teología del neoliberalismo católico que nos domina desde hace décadas. Ya lo dijo alguien, “la caridad es la única acción que necesita de la injustica para existir”, por eso todo lo que es caridad me repele hasta el ‘diodeno grijander perineal’, uno ya está harto de ver cómo se les llena la boca de babas de caridad  a curas y políticos derechones.

Sí queridos lectores, 50 años dan para mucho y para casi nada, para mucho si tuviera que escribirlo en un post y para nada cuando analizo la cantidad de cosas que conozco pero que no he podido aprender ni tampoco experimentar. Ni te cuento entonces si pudiera siquiera mencionar las que desconozco.

Si hacemos caso de las estadísticas tengo menos por delante que lo que voy dejando por detrás, no obstante y dada mi nueva faceta de padre, ¡quién me lo iba a decir a estas alturas!,  solo veo futuro  teniendo el retrovisor últimamente descolocado, por lo que las miradas atrás son más escasas aunque siempre inevitables… soy yo al fin y al cabo.

Dicho lo cual, este medio siglo que me contempla no deja sino de ser un momento más para apreciar la vida con fuerza, no hay tiempo que perder y aún queda mucho para embadurnar mi piel de experiencias, sabores y olores nuevos. Aquí queda mi pequeño homenaje a mis cincuenta recién cumplidos. Para el que pase por aquí y lea este post y se haya sentido decepcionado porque no ha encontrado esas batallitas y experiencias relatadas  sobre mi vida, que no olvide que eso es cosa de viejos y a mí me quedan por lo menos otros 50 años para comenzar a ser viejo. Y para aquellos que tengan recuerdos sobre mi porque hayan compartido poco o mucho durante este medio siglo que me contempla, qué menos que me lo cuente dejando un comentario en este ilustrado e ilustre blog.

Como veis he vuelto de nuevo, quizás porque volver no deja de ser sino una forma de llegar Regresando a Ítaca.

Muchas gracias y a por el resto de mi vida.

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