El pene innominado

Creo que la primera vez que escuché hablar del “miembro masculino”, también llamado pene, aparato, palanca, mástil, falo, verga, glande, pilila etc, aunque en mis tiempos el término más aceptado era “polla”, fue a primeros de los 70, con seis o siete años. Yo era un niño muy ignorante, de hecho en mi casa nunca se habló de sexo por lo que mi descubrimiento del órgano desde un punto de vista más allá de instrumento para mear, tardó bastante, hasta que un día descubrí que crecía inesperadamente y que tocándome comenzaba a sentir gustito, sí, yo solito y con estas manitas que dios me ha dado.

 Pues eso, que con seis o siete años y jugando al futbol en la calle un niño que ya revelaba algún vello por la cara, en plan cachondo y amenazante decidió gritar a los chicos del equipo rival “mira que te saco mi Adolfo”. Esa fue la primera vez que me dí cuenta que mi órgano viril debía  tener la suficiente entidad propia como para ser llamado por nombre y que yo, ignorante donde los haya, no lo había bautizado aún. Mi falo debía tener entidad propia, su DNI, su hecho diferencial con el resto de mi cuerpo. 

Fue el momento en el que también comencé a percibir que el pene y el macho ibérico eran dos sinónimos inseparables y consustanciales, fue el tiempo en el que entendí que ser chico, varón y hombre se definía más por una cuestión anatómica que por cuestiones emocionales, de carácter y personalidad… ¡qué país! 

Yo entonces que aún no gastaba pelos en los huevos comencé a indagar y a curiosear sobre mis partes pudendas, acepción por cierto muy recomendable para mi infancia y principio de adolescencia puesto que me crié en un entorno donde hablar de sexo era un tabú absoluto. 

Me di cuenta que si me la meneaba sentía mucho gustito y lejos de quedarme ciego, enfermar de lepra  y de arder en el fuego del infierno, mojaba las sábanas y me quedaba tan relajado que solo pensaba en recuperarme un poco para volver a las andadas, hasta el punto que ya no sé si debía poner nombre a mi aparato reproductor o a mi mano. En fin, nada como un cinco contra uno para disfrutar en los momentos de soledad. 

Estos descubrimientos hechos desde la oscuridad, la ocultación y el secretismo para no ser sorprendido ni castigado en el fuego del Gehena, fueron dibujando en mí una percepción del sexo que marcó el resto de mi vida, provocando para mi desgracia una conexión íntima y ya inseparable entre mi mente y mi cuerpo. Cuesta coordinarlos pero es cuestión de tiempo, una vez tranquilizada mi mente el cuerpo se desata y, en fin, no demos detalles para no parecer un tipo presumido. 

Desde entonces, con seis o siete años, mi particular Adolfo y yo hemos caminado juntos, a veces nos hemos llevado bien, otras veces descoordinados y otras, muchas en el pasado, pudiendo más él que yo, pero bueno, al final hemos llegado a un entente cordiale por el que nos respetamos aunque siempre con un tercero que de vez en cuando interfiere en nuestra relación haciéndola complicada, mi querido cerebro. 

Seguro que os preguntaréis, entonces, ¿lo bautizaste con el nombre de Adolfo?, pues no, aunque si alguna vez le hubiese puesto nombre creo que habría sido ese, lo merece por la anécdota y por lo que supuso en el desarrollo de un niño españolito de los 70. Mi querido, estimado, inseparable y connatural miembro continúa innominado porque he descubierto con el paso del tiempo que no es el único ni el más importante, se pongan como se pongan los machitos Alfredo Landinos de este país de testosterona y de “por mis santos cojones”. Otras partes de mi cuerpo han resultado ser más determinantes en mi vida y no es cuestión de comenzar a poner nombres a todos los miembros del cuerpo ¿no os parece? 

Ahora, a mis casi cuarenta y once sigo con mis herencias y sus consecuencias pero sin mayores incidencias, ¿será cosa de las ciencias? En fin, rimas facilonas aparte todo esto viene a que un día me da por recordar y repasar y soy capaz de parir semejante reflexión, aunque no viene mal acercarse al pasado para seguir comprendiendo mejor nuestro presente, al fin y al cabo somos la consecuencia de nuestras experiencias y vivencias, somos un trozo de barro moldeado por los hechos que vivimos, nuestros miedos, nuestros fracasos, nuestros éxitos, nuestras dudas y también nuestros deseos incumplidos.

Eso sí, ya os confirmo que la vida va más allá de mi querido compañero de deseos y de fatigas. ¡Qué curioso! un cilindrín y lo que jode…, en todos los sentidos.

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